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Mi familia y la Bella Durmiente cien años después El cuento favorito de María es La Bella Durmiente, y el tío |
| Torres, Vicente Francisco: "SM:Mis novelas no son históricas" |
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Torres, Vicente Francisco Unomásuno, 8 de agosto de 1987, p. 7. “Silvia Molina. ‘Mis novelas no son históricas’”
La siguiente entrevista, tuvo como punto de partida la osadía de Silvia Molina para tratar un tema y unos personajes que ya habían sido atendidos, al menos, en dos novelas fundamentales: La sombra del caudillo y La difícil costumbre de estar lejos. —¿Cuál fue tu actitud al tratar, en La familia vino del norte, unos episodios que ya habían manejado espléndidamente Martín Luis Guzmán y José María Pérez Gay? —Yo sabía que era un reto y tenía un miedo horrible; por eso me tardé tanto tiempo en escribir la novela. El reto no era precisamente lo que ya había dicho don Martín Luis Guzmán, sino entender qué había sucedido en esa etapa de la Revolución Mexicana. Una vez que entendí eso, me pregunté ¿cómo me voy a atrever a tratar un tema que ya han tocado plumas reconocidísimas? Pero yo tenía una ventaja: poseía la historia humana de uno de los protagonistas y eso me daba impulso. Se trataba de rescatar una de tantas historias interesantes que no se conocían. —¿No te parece sintomática esta búsqueda histórica de novelas como Setenta veces siete, Sombra de la sombra, Otilia Rauda y la tuya misma, entre otras? ¿A qué crees que obedezca este fenómeno? —Creo que en la medida en que tenemos cierta conciencia de nuestra escritura y del mundo que nos rodea, ya no nos conformamos con lo que nos han dicho. Pienso, en general, que estamos tratando de encontrar nuestra propia verdad. Personalmente, todo lo que he hecho es un intento de asumir mi realidad, mis circunstancias. —Si recordamos Ascención Tun, vemos que tu interés histórico ya se había hecho presente desde tiempo atrás. —Esta inquietud está dada por la búsqueda de mis orígenes, pues mi familia está dividida en gente del norte y gente del sur. Por ejemplo, yo no conocí a mi padre y en su búsqueda escribí Ascención Tun. En la medida que quise saber quién estaba del otro lado de mi familia, escribí La familia vino del norte. Como ves, se trata de un intento de asumirme, de saber quién soy, de dónde vengo y por qué. Ya no me conformo con lo que se ha dicho y he averiguado. Por otra parte, me interesa aclarar que ni en Ascención Tun ni en La familia vino del norte quise hacer novela histórica. Quizá por esta segunda, más adelante, me achaquen la sencillez con que traté el tema. A mí me da horror que se diga que escribo novela histórica, porque si de por sí en México la gente no lee y le dicen que lo mío es novela histórica, pues lo van a tirar al rincón. Prefiero que digan que es una novela muy sencilla, pues siempre he buscado la sencillez, y eso no me apena ni me preocupa. Lo que hice en Ascención Tun es un juego y las fichas del final del libro son apócrifas. Sólo algunos personajes son reales. —El abuelo de La familia..., como parece indicar un artículo de José Emilio Pacheco en La sombra de Serrano ¿es Héctor Ignacio Almada? —No. A Ignacio Almada lo nombro incluso en la novela. Él es quien huye al frente de una facción levantada porque sabía que su revuelta estaba perdida. Teodoro Leyva, aunque no tiene un equivalente en la realidad —porque es un personaje literario—, está inspirado en Manuel Celis. Es al contrario de lo que sucede en La mañana debe seguir gris, donde todos tienen su nombre: Hugo Gutiérrez Vega, José Carlos Becerra... Teodoro Leyva no corresponde a mi tío Manuel Celis; por eso no le puse este nombre. Mi personaje está armado con varios generales a quienes yo conocí, porque mi madre tuvo tres hermanos que fueron generales de división. De niña conocí a muchos generales. En la casa de mi abuela estaban las fotos. Uno de ellos tenía una casa en Cuernavaca y allí iban a comer el general y muchos personajes. Partí de un hecho real: el encierro del general como consecuencia de la revuelta serranista. Un Celis fue el que se encerró un año, pero los demás hechos los acomodé para que cupieran dentro de mi novela. —¿Crees que hay una diferencia entre la literatura que escriben las mujeres y la que hacen los hombres? Me refiero al tono, al punto de vista, y pienso en Lides de estaño y en La familia... —Si la hay pero a veces no se nota. Hay hombres que escriben como mujeres y tú crees que el narrador es una mujer. Nunca pones en duda la perspectiva del escritor. No dices: “se equivocó porque una mujer nunca haría eso”. A veces una mujer escribe sobre un personaje masculino y lo hace muy bien. Te das cuenta que hay verosimilitud, de que se supo meter en la piel de su personaje. Además, pienso que hay una diferencia fundamental: se trata de la manera de apreciar el mundo, y creo que esto sale a relucir en la escritura. —¿Hubo en Lides de estaño el proyecto de construir un todo coherente, digamos, por sus temas y por sus personajes? —Sí, salvo “De palomas y cuerpos en el espacio”, que está narrado por un hombre. Cuando tenía escritos tres o cuatro textos, me di cuenta que planteaban una búsqueda de identidad de la mujer. Entonces, ya conscientemente, me dije: ¿qué pasa si cambio las circunstancias de los personajes? En realidad, resultó como un solo tema, pero visto desde diferentes ángulos, desde muchos espejos. Ahí sí fue intencional la búsqueda de que hablamos. Incluso tengo dos textos que escribí después, cuando el libro ya se había publicado, y me di cuenta que había vuelto a caer en lo mismo. —¿No pensaste en sacar “De palomas y cuerpos en el espacio” a fin de conseguir que Lides de estaño fuera un libro redondo? —Pensé quitarlo, pero era un homenaje a Salvador Pinocelly y preferí sacrificar dicha unidad puesto que el mismo Salvador es el narrador. —En La familia vino del norte ¿hay pistas, como Adiós, Señor Mackenzie, para entender tu actitud en La mañana debe seguir gris? Me refiero a la concepción del amor y de la pareja, o a la manera de autocontemplarse sin concesiones. —Sí. Toda la novela está llena de claves. Son juegos míos. Antes, cuando me reprochaban que escribiera sobre mí misma, me sentía muy avergonzada y decía que no era yo. Dorotea Leyva no es Silvia Molina, pero eso me permitió hacer el juego de la literatura. De alguna manera yo viví eso que me hubiera gustado protagonizar. Toda la novela es un juego; habrá quien se horrorice por esto, pero para mí la literatura se ha vuelto un juego que tiene sus reglas y hay que conocerlas. —¿Cómo ves el trabajo de tus colegas? Creo que difícilmente en otra época de nuestras letras pueda encontrarse un grupo tan numeroso de mujeres que estén escribiendo. —Este es un fenómeno muy estimulante porque están cultivando todos los géneros. Aunque parezca cursi, creo que una de las cosas que más me han marcado, que me enseñaron el lugar de la literatura donde yo estaba sentada, fueron los encuentros, aparentemente sin importancia, que organizaba Marco Antonio Campos. De repente descubrí que había muchas cosas en común, otras que había que dejar de lado y unas más que era necesario retomar para salir adelante. Fue interesante descubrir que cada día hay menos misoginia entre los escritores, y que estamos haciendo un trabajo serio. Además, muchos de los escritores son profesionales; ahora salen de la universidad. Antes nadie terminaba una carrera y decían que la universidad te bloqueaba. Hoy no. Muchos de los escritores jóvenes están saliendo formados de la universidad; están llenos de cosas que les dio el ‘68. —¿Qué piensas del hembrismo en la literatura? —Lo que yo hago, no es buscar ni una feminidad ni un hembrismo. Mi preocupación es ser congruente conmigo misma, como mujer, como madre, como profesora y como escritora. Nunca he buscado retratar una sensibilidad que ni me convence. No me interesa decir que la mujer es lo máximo en el mundo. Mi actitud, sinceramente, es más humilde. |


