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Mi familia y la Bella Durmiente cien años después El cuento favorito de María es La Bella Durmiente, y el tío |
| Espinosa de los Monteros, Silvina: La novela se Silvia Molina sobre el cura independentista |
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Espinosa de los Monteros, Silvina “La novela de Silvia Molina sobre el cura independentista ‘Matamoros no quería figurar sino sólo cumplir con su deber’” El financiero, núm. 8159, 17 septiembre de 2010, p. 34. Silvia Molina asegura que no tenía en mente escribir una novela sobre Mariano Matamoros. Sin embargo, cuando trabajó en la Coordinación Nacional de las Conmemoraciones de 2010 (durante la etapa que estuvo al frente Rafael Tovar y de Teresa) cayó en sus manos el juicio que le hicieran al combatiente. —¿Qué le llamó la atención del documento? —La forma de hablar de Mariano Matamoros y su manifestación en la revuelta de Independencia. Me interesó porque era un tipo con mucho arrastre entre la tropa. Estamos hablando de un juicio tanto eclesiástico como militar, que no fue tan duro como los que le hicieron a Hidalgo y a Morelos. Me llamó la atención las concesiones que le otorgan y el respeto que le tienen cuando se refieren a su persona en los partes o las comunicaciones: le llamaban licenciado y él no lo era. Dentro de todo, la iglesia reconocía que había sido un buen cura. No lo acusan, por ejemplo, como a otros sacerdotes, de tener hijos. —¿Cuál es el motivo que lleva a Matamoros a unirse a la revuelta? —Muchos curas se unen a la lucha porque, en primer lugar, ellos eran la gente educada y letrada. Por otra parte, siendo criollos no podían aspirar a los altos cargos de la iglesia, ya que éstos eran ocupados por los españoles. Como curas también estaban un poco enojados porque les tocaba ver todas las injusticias que se cometían en contra de los indígenas y los negros. Matamoros, en particular, simpatizaba con la causa, pero no pensaba tomar las armas. Eso dice en su juicio. Ahí también cuenta que entra a la revuelta por necesidad. Él había pedido permiso a la iglesia para retirarse del lugar donde oficiaba como sacerdote, porque los realistas ya andaban cerca. Les dice: “Me van a comprometer y no quiero”. Pero sucede que la contestación nunca llega y además lo vienen a apresar. Y entonces piensa: “De que me apresen a que me vaya...”. Y se va. En ese momento está en Xaltetelco y de ahí se va a Izúcar a alcanzar a Morelos, con quien establece amistad de inmediato. Al segundo día de haber llegado con él, Matamoros tiene su primera batalla, donde básicamente aprende lo que hay que hacer, observando a gente como los Galeana o los Bravo, aprende muy rápido y los supera en muchas cosas. Pronto se da cuenta de la desorganización del ejército y toma cartas en el asunto. —¿Qué sucedía con el ejército? —No seguían reglas claras, las órdenes no fluían en las batallas. Y dice: “No, a éstos hay que enseñarles cómo”. Se apega a las ordenanzas militares. A su regimiento lo súper entrena y le pone castigos ejemplares para que se porten bien, produce armas y pólvora; se desarrolla como un hombre cercano a Morelos, sin querer siquiera estar a su lado. Siempre va detrás de él cubriéndole las espaldas, llenando los huecos que había que llenar. Matamoros no era alguien que estuviera interesado en figurar. Simplemente lo que quería era cumplir con su deber. —La gente respetaba y quería a Matamoros, ¿cómo describiría su personalidad? —Era muy carismático. No era un hombre alto, ni fornido; era más bien menudo, buen tipo, buen conversador y tenía mucho sentido del humor. Dentro de su tropa se preocupaba por todo el mundo. Era honesto y justo. Tenía como mucha suerte con su gente, que lo respetaba porque, además, no hablaba cuando no tenía que hablar. Incluso dicen que cuando de cura daba sermones no tiraba rollo, sino iba a lo que iba. En suma, era un hombre inteligente. —Con ese perfil, ¿qué es lo que más le sorprendió del personaje? —Yo no tenía idea de que había sido el brazo derecho de Morelos, la persona que se hubiese hecho cargo de su ejército si éste faltaba. Tampoco sabía que Matamoros había organizado y vestido al ejército. Él ordenó les dieran clases a los soldados para que aprendieran a leer y escribir en los tiempos muertos. Otra cosa que hacía era ponerles música, algo que se ve que le gustaba mucho. Cuando Matamoros ve preocupados a sus soldados, pone a las bandas del ejército a tocar para que el ánimo no decayera. Eso me parece un detalle muy interesante. —También se preocupa por respetar, en la medida de lo posible, la vida del enemigo... —Sí, porque creía en las reglas de la guerra. Cuando, por ejemplo, caían prisioneros, Morelos los trataba como tales y los mandaba matar. Matamoros; en cambio, no lo hacía. ÉI los mandaba en cuerda a otras poblaciones y los evitaba lo más posible. Cuando llegó a matar a alguien, él mismo lo dice en el juicio, lo hace a sabiendas de que está ya desahuciado... —¿Qué sucede al final? ¿Matamoros se arrepiente de haber participado en la lucha? —Los que han estudiado esto señalan que el documento donde dice arrepentirse no tiene su estilo, que él no escribía así. Dicen que alguien más escribió la abjuración y lo obligaron a firmarla. En uno de los tantos documentos que consulté para la investigación, leí que el original de la abjuración se perdió, por lo que ni siquiera se sabe en verdad si estaba firmada o no. De todas maneras, de haberla firmado, quizá le pasó lo mismo que a Hidalgo o a Morelos. A fin de cuentas eran curas. Habían hecho una carrera en el sacerdocio y, cuando menos Matamoros, él sí quería morir en paz. Al final solicita un confesor y pide tiempo para hacer ejercicios espirituales, lo cual le conceden. Dentro de todo, lo tratan dignamente. E incluso en sus últimos momentos algo pasa porque hay una orden muy clara, por escrito, de que lo fusilen por la espalda; y no, a Matamoros lo matan de frente. De verdad Quiénes fueron Tras haberse desempeñado como agregada cultural de México en Bélgica, 2004, Silvia Molina (DF, 1946) prosiguió con su trayectoria como funcionaria cultural en el cargo de coordinadora nacional de Literatura del INBA; posteriormente laboró durante un breve lapso en la llamada Coordinación Nacional de las Conmemoraciones de 2010, de la que pronto salió, como tantos otros funcionarios, para regresar de nueva cuenta a su antigua casa: Bellas Artes. Esta vez, como coordinadora de Publicaciones. Además de la que habla sobre el prócer independentista, otra de sus novelas más recientes se intitula En silencio, la lluvia (2008). —¿A qué atribuye que la vida y obra de Mariano Matamoros no sean tan conocidas? —La verdad; no sé. Creo que no es único, también hubo muchísimos participantes anónimos de los que ni siquiera se sabe el nombre porque entraron a la guerra con su apodo. Lo importante en el caso de Matamoros es que haya sido el segundo hombre de Morelos. Es decir, no fue uno más de sus principales. Matamoros ganaba una batalla y venía un ascenso, luego otro y otro. Llegó a ser nombrad mariscal y luego teniente general de los ejércitos. Por ello a su alrededor había mucha envidia, la envidia de aquellos que pensaban merecer dichas distinciones. Incluso había el mandato expreso de que en caso de faltar el generalísimo, Mariano tomara su lugar. Y no sólo porque sabía escribir muy bien, a diferencia de Hermenegildo Galeana, quien pudo haber sido el segundo por su arrojo, sino porque era gran estratega y excelente militar. Todo esto sumado a que siempre le gustó estar a la sombra de Morelos. Como Matamoros no quería estar en primera plana, a lo mejor por eso se lo dejó un poco de lado. —Usted, que laboró como funcionaria al inicio de lo que se convirtió en la Comisión Nacional Organizadora de las Conmemoraciones de 2010, ¿qué opinión le merecen los actos organizados? —Creo que 200 años de la Independencia y cien de la Revolución no pueden pasar inadvertidos. No lo mereceríamos. Considero que hay que festejar, pero también creo que es buen momento para el análisis. Mi participación, en ese sentido, es esta reflexión en torno a Mariano Matamoros. Si tú quieres es una pequeña aportación, pero yo creo que debemos aprovechar que han salido tantos libros y novelas sobre los personajes históricos. Es una oportunidad para saber quiénes fueron de verdad, para quitarles ese matiz de estatua y ver cómo, hombres de carne y hueso lucharon por los ideales de la Independencia y la Revolución. |


