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Mi familia y la Bella Durmiente cien años después El cuento favorito de María es La Bella Durmiente, y el tío |
| Poniatowska, Elena: Hacia una imagen de Silvia Molina |
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Poniatowska, Elena “Hacia una imagen de Silvia Molina” El Nacional, sec. cultura, 24 de marzo de 1996, p. 34, 38. (Primera parte)
Silvia Molina es la última de los cinco hijos que procrearon María Celis y Héctor Pérez Martínez: María Eugenia, Héctor, Javier y Luis Alberto. De ellos, la única que escribe es Silvia. Ferviente lectora de las novelas de José Agustín, Silvia Molina fue durante dos años una de las más devotas alumnas de un taller de literatura que impartíamos Magdalena Solís, Hugo Hiriart y yo. “Con Hugo Hiriart —dice Silvia Molina— leíamos El Quijote y de la manera más sencilla nos trasmitía parte de ese caudal de conocimientos que tiene”. Semana tras semana, Silvia Molina fue leyendo en el taller capítulos de su primera novela y los sometió al juicio y a la crítica de sus compañeras, quienes resultaron más exigentes y más acertadas que los becarios del Centro Mexicano de Escritores. Su padre, fue secretario de Gobernación y mantuvo correspondencia con Alfonso Reyes, Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta, Fernando Benítez, Rafael Mediz Bolio, Salvador Novo, León Felipe, Ermilo Abreu Gómez, y con muchos de los contemporáneos. Héctor Pérez Martínez murió cuando Silvia apenas tenía un año y medio, pero como decía mi abuelo, Andrés Poniatowski: los hombres se continúan en sus hijos.
Esos fueron los días —Empecé a escribir en el Francés del Pedregal. Hacía pequeños relatos que me pedían mis compañeras de la revista Temple; siempre andaban tras de mí porque Rosalba, la maestra de literatura, decía que yo tenía facilidad para escribir, pero a mí me daba miedo, creía que no era cierto. Luego, en el tercer año de la prepa escribí una novela que llamé Esos fueron los días, como la canción. Se trataba de un grupo de amigos míos y de mi hermano Javier, su formación y su desintegración. Esa novela era malísima pero yo escribía como si me dieran cuerda, no podía dejar de hacerlo. Nunca pensé que yo fuera a dedicarme un día a escribir, lo hacía en vez de ver tele. En esa época leí por primera vez a José Agustín y escuchaba todos los programas de Carlos Monsiváis, El cine y la crítica, y La semana en México. Entonces, cuando escribía imitaba a José Agustín. Cuando terminé la novela se la di a leer a algunos amigos, finalmente la rompí, precisamente cuando entré al taller de literatura y me di cuenta lo que realmente era escribir. —¿Y qué estudios hiciste? —Después de hacer la preparatorio, entré a la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Por las mañanas yo trabajaba en una escuela de idiomas dando clases da español a extranjeros de francés para principiantes. Entonces, mi mejor amiga, Carmen Guerrero, inventó que se iba a Europa, allá trabajaba su novio en España, y me insistió tanto que dije: “Bueno: pues vamos”. En esa época yo no leía nada, ni trabajaba en serio en nada, fuera de los escritores de la Onda, yo no conocía mucho, porque simplemente no me importaba. Me fui a Europa con mi amiga, y estuvimos viajando, vio a su novio Claudio Arreola y se casó en París. Yo me iba a regresar a México, pero la acompañé a Londres porque tenía fama de ser más barato y ella necesitaba comprarse ropa. Ya no quise regresar a México, le escribí a mi mamá que me diera permiso de quedarme seis meses y aceptó.
La figura de José Carlos Becerra me impactó muchísimo —¿Y cómo conociste al poeta José Carlos Becerra? ¿No fue él a Londres porque obtuvo la beca Guggenheim? —Conocí a José Carlos Becerra casualmente en casa de Hugo Gutiérrez Vega. Me impresionaron dos cosas de él: su sonrisa y su mirada infantil. A José Carlos no lo vi mucho, a los dos meses salió de Londres y sobrevino la tragedia. Me impresionó, me dolió porque cuando conoces a la gente esas cosas te duelen, como que no las comprendes. Yo seguí en Londres y volví a México por septiembre de 1970. Luego me casé, seguí yendo a la escuela, trabajaba dando mis clases de español y hacía todas esas cosas que hacemos las amas de casa. Después de que nació mi segunda hija, una amiga me contó que iba a un taller de literatura en el cual daban clases José Agustín, Hugo Hiriart y tú. Y ahí entré con ustedes. Recuerdo que un día entré a una librería y salí con El otoño recorre las islas, la recopilación de la obra de José Carlos Becerra hecha por Gabriel Zaid y José Emilio Pacheco. Nunca leí un libro tantas veces en la vida, de adelante para atrás, de atrás para adelante, no podía creer que aquel José Carlos que yo había conocido en Londres, aquel muchacho, fuera ese poeta que se me descubría en esas páginas. Nunca llamó la atención para decir “soy un poeta”. Entonces había un concurso para cuento de una revista femenina y yo quise participar. Un día llegaste tú, Elena, al taller y nos regañaste porque nadie tomaba en serio lo que se hacía; que escribíamos poco; que era un oficio; que todo lo teníamos en nosotras mismas; que de nosotras dependía; que había que escribir algo todos los días y yo te tomé en serio, y me dije “Voy a escribir”. Empecé pero ya llevaba muchas cuartillas para cuento y pensé que lo que hacía era pésimo y que no valía la pena. Un día me armé de valor y lo leí en clase. La crítica entre nosotras era muy fuerte, sobre lodo la tuya, nos destrozábamos todo, pero dije “Bueno, voy a atreverme”. Me entusiasmaron para que siguiera escribiendo, fui a la hemeroteca a sacar algunos datos y fue saliendo poco a poco la novela de La mañana debe seguir gris, que según yo iba a ser un cuento. —¿Y por qué escogiste a José Carlos Becerra como personaje de tu primera novela? —La poesía de José Carlos me impactó muchísimo y tal vez sea porque para mí es un poeta de la nostalgia, del recuerdo, del amor, de la búsqueda de él mismo. Él es un poeta introspectivo, que busca su conocimiento y para ello se basa en el recuerdo, es un poeta que habla del amor distante, del sueño, de los recuerdos del amor. En mi novela yo intento dar la imagen que de él yo me hice a través de su poesía. Lo escogí a él simple y sencillamente porque me impactó.
Mi papá siempre fue un misterio para mí —¿Y de tu papá qué recuerdas? ¿Qué recuerdas de Héctor Pérez Martínez? —El murió cuando yo tenía un año, así que no lo conocí, no me acuerdo de un solo detalle de él. Dicen que era muy cariñoso conmigo y que cuando llegaba de Gobernación me iba a despertar, me sacaba de la cuna y le gritaba a mi mamá: “María, esta niña ya se despertó, qué barbaridad, ahora voy a tener que jugar con ella”. Por muchos años nunca sentí real la falta de mi papá, porque todos hablaban de él como si fuera a venir, como si fuera a abrir una puerta. Siempre que le preguntaba a mi mamá: “¿Qué es esto?”, a propósito de algún papel, ella me respondía: “Son cosas de tu papá”, todo era “cosas de tu papá”. En la puerta del ropero del cuarto de mi mamá estaban colgadas las corbatas de moñito de mi papá sin estrenar, parecía que iba a venir a ponérselas un día. A los cinco años me cansé de dormir con mi hermana y le dije a mi mamá que pasara mi camita al cuarto del “roperón”; le decían así porque había un ropero de pared a pared y otro que siempre estaba cerrado con llave (y más tarde descubrí que mi mamá lo tenía cerrado pues allí guardaba los manuscritos de mi papá y sus archivos personales). Cuando mi mamá salía, yo abría las puertas, me trepaba en una silla e iba abriendo todo tipo de cajas. Así fui descubriendo sus sombreros de fieltro, allí estaban también sus trajes y abrigos llenos de naftalina, sus zapatos. Nunca imagine a mi papa muerto. Nunca me lo dijeron, a mí ya se me hacía natural que no estuviera en la casa. —¿Pero no recuerdas siquiera a amigos de tu papá que siguieron visitándoles aún después que él murió? —Algunos amigos de mi papá visitaban a mi mamá de vez en cuando. Entre ellos recuerdo a don Antonio Castro Leal, porque siempre que él llegaba, yo le decía: “¿Quieres que te cante una canción?” Y le cantaba siempre la misma. Siempre que iban a la casa los amigos de mi papá se hablaba de literatura, de libros y de política, claro que no entendía nada pero se me quedaron cosas como “Los libros de Héctor”, “Héctor escribió o dijo tal cosa”. Un día, un vecino me dijo que no esperara a mi papá, que había muerto, que no iba a regresar. Mi papá siempre fue un misterio para mí, hasta que años después me propuse descubrirlo: leí todos sus libros, pero sobre todo lo busqué en sus cosas personales e íntimas, lo que me hizo muy feliz. (Al oír a Silvia Molina, pienso en lo que muchas veces he escuchado, que Héctor Pérez Martínez pudo llegar a ser presidente de la República. Miguel Alemán había sido secretario de Gobernación en el sexenio de Manuel Ávila Camacho, Héctor Pérez Martínez fue el secretario de Gobernación de Alemán. Además, muchos deseaban verlo en la silla presidencial porque era un hombre de grandes simpatías, de gran talento y de una enorme finura. Desgraciadamente su muerte truncó cualquier proyecto.) —Yo me acuerdo que desde mucho antes que yo empezara a querer escribir, siempre le andaba pidiendo a mi mamá los papeles de mi papá por simple curiosidad, sin imaginarme siquiera que un día iba yo a trabajar precisamente con ellos. Leí los manuscritos de Cuauhtémoc y de Juárez, sin saber que ya estaban publicados. El primer libro suyo que leí fue: Por los caminos de Campeche, que me regaló mi mamá. Me dijo que ella tenía un ejemplar de cada uno de los libros de él para todos sus hijos y así fui leyendo los otros. En Los caminos de Campeche fue realmente la primera vez que estuve frente a mi padre y no frente al escritor. En este libro no sólo habla del indio, se identifica con él, comparte la casa y el dolor del indio. Con él se interna hasta los bosques chicleros, hasta Real de Salinas, a ver en qué condiciones vive la gente y de allí salen ensayos como La blanca sal amarga. Pero también habla de la cocina campechana y te hace saborear el pámpano, la cochinita en pib, o el pan de cazón. Te hace participar de “La Vaquería”, una fiesta que se hace casi siempre en un salón que viene siendo el del Palacio Municipal de los poblados. Allí están los bailadores, la orquesta que acompaña con música pegajosa el “zapateado” que es el baile mestizo. En “La Vaquería” presencias el baile del “torito”, un baile en donde la muchacha persigue al hombre mientras él huye para no caer en la tentación hasta que alguien interrumpe el baile para grita: “¡Bomba! Como ves, por eso te digo que éste es un libro más personal, porque él está allí presente, mientras que en las biografías de Juárez y de Cuauhtémoc, él está pero atrás.
Poniatowska, Elena, “Hacia una imagen de Silvia Molina”, El Nacional, sec. cultura, 24 de marzo de 1996, p. 34, 38. (Segunda parte)
—¿Y tú Silvia, ¿nunca viviste en Campeche? —Yo no viví nunca en Campeche, fui de vacaciones dos o tres veces, pero ya de grande, porque mamá nunca regresó allá. Pero las veces que he ido me pongo a pensar en la forma en que mi papá la veía, las piedras de las murallas me recordaban a Lorencillo el pirata, a Diego el mulato... Mi papá escribió otro libro que se llama Piratería en Campeche. Mi papá se había venido a México porque la situación económica de su familia era precaria y necesitaba hacer una carrera corta que le permitiera entradas para ayudar a su mamá que era viuda, pero antes de venir a México, en Campeche, mi padre se metía a las imprentas. La carrera más corta era la de odontología y en 1928 recibió su título, montó un pequeño consultorio que abandonó a los poquitos meses para entrar a El Nacional. Entró allí como reportero y lo dejó cuando era subdirector para ir al gobierno del estado de Campeche. Rafael Sánchez de Ocaña dice en un artículo, que cuando lo vio por primer vez en El Nacional, preguntó quién era “ese muchacho” y le dijeron que era el corrector de estilo. Al principio por su irreverente juventud le inspiró desconfianza, pero más adelante decía que “en él apuntaba un escritor de rango”. Fue precisamente Sánchez de Ocaña quien acompañó a mi padre a presentarse como diputado por Campeche antes de llegar a la gubernatura. Y durante todo ese tiempo siguió colaborando en distintas revistas: El Demócrata, Revista de Revistas, etcétera. También en el Sol de Provincia, revista campechana y Akin’Pech. Todo este trabajo de investigación y de recopilación dio origen a mi libro Imagen de Héctor. Después de ser gobernador de Campeche, mi padre, Héctor Pérez Martínez, fue subsecretario y secretario de Gobernación cuando Miguel Alemán era Presidente de la República, y en 1948 murió del corazón en Veracruz. Recuerdo que varias veces me encontré a Octavio Paz a la salida de torneos de tenis, porque su esposa juega tenis y a mí me encanta, y él siempre me preguntó quién tenía los manuscritos de mi papá y me insistía en que había que revisarlos. Ahora pienso que estuvo bien que no los viera yo antes, porque no era tiempo...
Escribir es como estar enamorado —Si me preguntas ¿a qué hora escribo?, te contestaría que, por lo general, en la noche, cuando ya están acostadas las niñas. Me gusta escribir con música, así es que prendo Radio Universidad, o pongo un disco y me siento frente a mi máquina dos o tres horas. Pienso que escribir es muy difícil, pero es como estar enamorado y sucede que necesitas hacerlo y no sabes por qué, así es cuando estás enamorado, ¿no? Una vez leí que decía Katherine Anne Porter, que todo relato comenzaba con un final, que hasta no conocer el final, no hay relato. Y pienso que en mí al menos, esto sí funciona. Cuando sé el final de lo que voy a escribir, todo me sale más fácilmente. Me gusta contar historias pero de una manera que no aburra. Pienso que en la novela, casi siempre al principio los personajes son reales pero a medida que la novela va adquiriendo sus propias leyes, los personajes se vuelven autónomos y cambian de tal manera que ya no se parece en nada al original. Muchas veces, no sí si escribir es un ate, un oficio, una técnica o las tres cosas juntas. Lo que pasa es que uno trabaja y se desarrolla tratando de ejercer la literatura como eres. Henri Miller decía que la literatura se hace en los momentos tranquilos, silenciosos, mientras uno pasea o juega a lo que sea e incluso cuando se conversa con alguien en quien uno no está vitalmente interesado; que un artista es un hombre que tiene antenas, que sabe cómo captar lo que está en la atmósfera. ¡Y mira, yo creo que es verdad, todo lo que escribimos o pensamos existe ya, pero al contarlo lo transformamos! —¿Qué géneros has trabajado más? —He escrito novela y cuento, también literatura infantil, tengo varios libros para niños; y acabo de publicar mi primera obra de teatro, que se llama Circuito cerrado. Hace unos años hice una antología, muy rara, La leyenda de la tortuga, que es como un diccionario sobre la tortuga, que reúne varios textos de literatura sobre la magia, la mitología, la cocina, diccionarios antiguos, todo alrededor de la tortuga. También tengo un libro publicado en la Dirección General de Publicaciones del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes sobre la literatura de Campeche, desde sus orígenes prehispánicos hasta el siglo xx. Se llama Campeche, punta del ala del país, y fue una parte de mi tesis en la Facultad de Filosofía y Letras. —¿Qué fue lo que te motivó a escribir la novela La familia vino del norte? —Pues una historia familiar. La familia de mi madre viene del estado de Sonora. Mi mamá fue la más joven de todos sus hermanos, y tres de sus hermanos mayores se fueron a la Revolución cuando eran muy niños. —¿Cómo se llamaban? —Juan Celis, Manuel Celis y Jesús Celis. Uno de ellos, Manuel, estuvo encerrado un año en un sótano. Cuando yo era niña y oía esa historia me daba mucha curiosidad, le tenía más bien miedo a mi tío, porque yo pensaba que se había encerrado por algo malo, y con el tiempo me fui dando cuenta de que en realidad casi era un héroe. A partir de esa anécdota se me ocurrió hacer la novela. Me tardé muchos años, porque yo no sabía nada de la Revolución, porque aquí en la escuela no aprendemos nada. —¿Nada? —La verdad no, la enseñanza es bastante superficial y además los mexicanos somos flojones, ¿no? Entonces, yo no entendía muy bien qué era lo que había pasado en la Revolución, había muchas facciones y había habido muchas pugnas internas entre los grupos. Me tardé mucho tiempo en entender quién era quién, por qué eran amigos o enemigos o qué era lo que había pasado. El General, que es mi personaje central, desde luego que no es mi tío Manuel, sino una síntesis de todos los generales que yo conocí. —¿Requirió mucha investigación ese libro? —Sí. Yo siempre hago mucha investigación aunque al final deseche más de la mitad de las búsquedas. Pero además, para el libro de La familia... entrevisté a varios generales y descubrí que en el Museo del Castillo de Chapultepec hay grabaciones de las voces de los generales sobrevivientes de la Revolución. Fui a escucharlas y me encontré ahí documentos sobre uno de mis tíos. Con todo eso, más o menos armé la parte histórica.
La literatura es una cosa complicada y seria —¿Qué temas te interesan en particular? —No sé. Yo me acuerdo que una vez Hugo Hiriart dijo: “Si tú no conoces el tema de lo que vas a escribir, no vas a poder hacerlo”. Y yo no pienso en un tema, la verdad; se me ocurre una historia, así en cualquier momento. Por ejemplo, recientemente hice un libro para niños mexicanos en Estados Unidos. Una vez, una maestra cubana me llevó a su escuelita del Bronx y me pidió que hablara con los niños de su escuela. Fui a la escuela y fue horrible ver que los niños mexicanos, en comparación con otros niños hispanos, están más callados, más inseguros. Después de eso pensé mucho en cómo los podía ayudar. Entonces hice un libro donde los niños tienen que construir biografías, su autobiografía, para elevarles la autoestima, para que se sientan orgullosos de sus raíces. Con ese libro me ha ido muy bien y me invitan mucho en los distritos escolares a presentarlo. —¿Prefieres escribir cuento o novela? —A mí me gusta más la novela, porque en la novela uno puede jugar mas. Hay una serie de cosas que le permiten a uno jugar más y el cuento es más difícil, es como más estricto y yo creo que el escritor sufre más. Además, la escritura de la novela es mucho más larga, puede durar muchos años y es como que uno tiene una relación constante con algo; en cambio el cuento, esa relación se termina, no pronto porque yo no creo que nadie haga un cuento muy rápido, pero de pronto esa relación se termina y hay una especie de vacío y malestar. —¿Cómo sientes tu evolución desde tu primera novela hasta tus creaciones recientes? —La primera novela la escribí sin tener la menor idea de lo que era la literatura; nunca me preocupé por si tenía un plano narrativo o si tenía una estructura Yo pensé la historia y la empecé a escribir así como me latía y así fue saliendo. Después cuando entré a la Facultad de Filosofía y letras me dio miedo escribir porque veía que la literatura realmente era una cosa muy complicada y mucho más seria. Quizá la primera novela es mejor que las otras, aunque en las demás existe una preocupación más formal. —Incluso te dieron el Premio Villaurrutia por esa novela... —Sí, fue horrible, me asusté muchísimo, porque yo ni había leído y ni sabía escribir, ni nada. Por eso entré a la facultad. —¿Cómo te ubicas dentro de la literatura mexicana contemporánea? —Yo pertenezco a una generación muy extraña. Cada quien trabajaba por su lado, no nos reuníamos, ni nos conocíamos, ni teníamos conciencia de nada absolutamente. Por ejemplo, María Luisa Puga estaba en África, yo en Inglaterra, Hernán Lara Zavala era ingeniero y trabajaba en una fábrica, Gonzalo Celorio era maestro en la Facultad de Filosofía y Letras, Héctor Aguilar Camín era historiador. En toda esa generación había abogadas, historiadores, amas de casa y nos conocimos cuando ya teníamos libros publicados y teníamos un poco de tiempo ejerciendo el oficio. Casi siempre las nuevas generaciones rompen con la anterior o le ponen el pie a los que vienen abajo. Como nosotros no teníamos conciencia de generación, ni nos importaba, actuamos con más libertad. —¿Qué planes tienes en puerta? —Por lo pronto, terminar mi próxima novela; tengo como dos años trabajando en ella y todavía no termino. Además de escribir atiendo mi editorial, que por lo pronto se mantiene de trabajos de producción, de maquila a otras editoriales: edito sus libros, hago el cuidado de la edición, el concepto de un proyecto, la corrección de estilo, la impresión y la encuadernación. —Desde tu punto de vista de editora, ¿qué se necesita para que un libro tenga éxito? —Existen muchos problemas; siempre se habla de lo mismo y nunca de una solución real, porque la solución es muy compleja. Para empezar, en este país no nos enseñan a leer. Yo fui mala lectora como producto de la educación tanto de mi casa como de la escuela. Nosotros en la primaria o secundaria leíamos por obligación y no se puede leer así El Quijote. Yo he propuesto que la Secretaría de Educación Pública cambie los programas de enseñanza de literatura y de español. Por ejemplo, hay una serie de escritores como José Agustín que los adolescentes pueden leer y disfrutar mucho. O sea que en los libros de literatura, en lugar de tener esos textos tan buenos y tan sesudos de los clásicos, deberían hacer una selección de literatura apropiada para la edad de los estudiantes. Luego, el problema que tenemos tanto los editores como los escritores es la distribución. Es muy fácil llevar los libros a las librerías. Pero el libro está en exhibición mientras es novedad. Puede estar una, dos o hasta tres semanas. Si el libro fue un éxito, lo dejan ahí otro par de semanas y luego lo devuelven a la editorial. Y cuando se ha logrado vender un libro, cobrar es lo más difícil.
Poniatowska, Elena, “Lides de estaño de Silvia Molina”, Vuelta, secc. libros, año IX, núm. 98, enero 1985. Universidad Autónoma Metropolitana, 1984. Colección Molinos de viento núm. 30, 108 pp.
¿Por qué son de estaño estas lides, primer libro de cuentos de Silvia Molina? Porque son frágiles, se pueden moldear y tienen la ternura de los años jóvenes. La prosa es directa, sencilla y los personajes transparentes. A lo largo de su obra y de su vida, Silvia conserva esta transparencia. Líquida como sus ojos de agua, La mañana debe seguir gris, límpida también Ascensión Tun, su segunda novela, acuática su Leyendo en la tortuga, que selecciona textos literarios en torno al reptil. La literatura mexicana cuenta con pocas novelas de amor, una de ellas es La mañana debe seguir gris, otra, la de Tita Valencia, pero se trata de una obra erudita, rebuscada y destructiva porque la enamorada termina por desvariar en el manicomio. La de Silvia Molina, en cambio, es fresca y deja una sensación de esperanza aunque al igual que la de Tita Valencia termina en tragedia. Por esta novela, Silvia Molina obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia a los treinta años de edad, en 1977. El jurado compuesto por Alí Chumacero, Francisco Zendejas y Edmundo Valadés se lo otorgó por unanimidad. Cuatro años más tarde, después de haber obtenido la beca de novela del Centro Mexicano de Escritores y convertirse en uno de los pocos becarios adictos a Salvador Elizondo —porque Silvia le dedicó su segunda novela— aparece Ascensión Tun, basada en la Guerra de Castas de Yucatán. Es la historia de la orfandad no sólo de algunos personajes sino de todo un territorio, el sureste de México, un libro de creación, donde Silvia retoma las obsesiones de su infancia, les da cuerpo y las exorcisa. Pero también relata las pasiones y las lealtades de los campechanos a quienes hace revivir la Guerra de Castas, la visita de la emperatriz Carlota y la hora de la siesta en la hamaca de colores. Lides de estaño está compuesto por diecisiete cuentos entre los cuales destacan “La Casa nueva”, “Amira y los monstruos de San Cosme”, “Juego de muñecas”, que la emparenta con la claridad de Marguerite Yourcenar, “El otoño”, “De palomas y cuerpos en el espacio”. Muchos de los cuentos regresan a la infancia, parece que Silvia aún no termina de digerir la orfandad. Lides de estaño conserva la misma limpidez y llaneza de los libros anteriores, la misma cualidad pura de pureza concebida antes del pecado original, la misma agua del bautizo que encuentro siempre en la poza profunda de los ojos de Silvia. Silvia dice que le cuesta trabajo hablar, no lo dudo, porque cuando habla no lo hace para no decir nada o para hacerlo a tontas y a locas. A mí las palabras de Silvia, las habladas y las escritas, me llegan siempre. Su silencio, porque Silvia es una mujer callada (ni efusiva ni extrovertida) me cala hondo, y su amistad me resulta mucho más enriquecedora, porque sé que a Silvia le cuesta trabajo manifestarse y cuando lo hace, permanece siempre al borde del arrepentimiento. La misma cualidad grave está en su prosa que he visto crecer, madurar y redondearse a lo largo de los años, y en su persona que Silvia ha pulido, burilado, trabajado hasta hacer de ella un instrumento flexible y esbelto, espiritual y alto, vara de cristal, cetro de gracia. Silvia no cambia. Crece, se ensancha, se hace más generosa como un patio soleado, una gran casa abierta, una vela de mar al viento. Veo en su literatura sentido del humor, desapego y la capacidad de verse desde la orilla como si las cosas ya no le afectaran tanto. Ningún sentimentalismo, no se engolosina con su propia obra, Silvia resuelve sus conflictos con la risa. Y cuando uno por fin logra reírse de sí mismo es que ha alcanzado la máxima salud. |


