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Leis Márquez, Amílcar, “Silvia Molina entre los fragmentos del tiempo: sus ojos ya no están aquí, ni su voz, y el gesto suave de sus manos acaricia los viejos volúmenes de su padre”, La Plaza. Crónicas de la vida cultural de Coyoacán, año II, núm. 22, junio de 1987 pp. 3-5.
Sus ojos ya no están aquí, ni su voz, y el gesto suave de sus manos acaricia los viejos volúmenes de su padre
En el fondo de todos los espejos hay una densa jungla de signos abigarrados que soportan la imagen reflejada, como el atlante soporta sobre sus hombros el peso entero del mundo. Nadie es una voz, ni un rostro, ni un camino si desconoce las claves cifradas por el tiempo en la milenaria caparazón de la tortuga que nos cubre y nos descubre.
Solo, desarraigado, el presente es una brújula enloquecida, un saco roto por donde transita del olvido al vacío el polvo más inútil de los días, la torpe materia innominada: vientre marchito, oquedad, silencio anterior al silencio.
Silvia Molina (México, 1946) no ha hecho otra cosa en muchos años de su vida que buscar en el eco de los pasos perdidos las señas particulares de su identidad, y por eso anda siempre con el machete en la mano, incontenible y obsedida, sin paz, desbrozando la cerrazón del pasado para abrir brechas de luz que la contengan y la nombren. No es por otro motivo que sus lectores la vemos de cuerpo entero en sus obras, a veces inventada escrupulosamente por ella misma, a veces ella misma sin más artificios que el talento de saber contar. Como el personaje que da título a su segunda novela —Ascensión Tun—, un niño maya que pierde a sus padres en el curso de una noche de tormenta y que es llevado a vivir con su orfandad a cuestas a una sospechosa Casa de Beneficencia, así Silvia Molina, después de muchas tentativas y otros naufragios, ha ido a parar de cabeza y sin remedio a la casa de locos de la literatura. Allí ha encontrado una razón y un destino, la posibilidad de que el mar de sus sueños vivos trace sobre la arena caliente del mundo los garabatos que le van creciendo en el alma: una manera de ser y descubrirse.
En 1977 sorprendió a cuerdos y despistados —y se sorprendió a sí misma por las resonancias inmediatas— con una primera novela que surcó el ámbito de la narrativa mexicana como una ráfaga de aire distinto y fresco, saludable: La mañana debe seguir gris. Diez años más tarde, esta novela irreparable se lee de un jalón, y conserva como entonces la textura tierna y la temperatura tibia del pan recién horneado. En un ejercicio literario de alto riesgo, Silvia Molina logra sortear con holgura en esta obra el regodeo confesional y doméstico, para alcanzar con propiedad la estatura de un lenguaje que trasciende los hechos y los recrea; los transforma, en definitiva, en literatura. La mañana debe seguir gris obtuvo ese año el Xavier Villaurrutia, y fue el premio a una historia de amor bellamente contada desde adentro por su autora, en un jugarse entero permanente, con miedo y con dolor, con rabia, con todos los fantasmas.
Pero es además de todo licenciada en letras y antropóloga sin licenciar, encargada de proyectos especiales en la editorial Promexa, periodista de a ratos, ama de casa y madre de dos hijas, maestra de Literatura Prehispánica en la unam y también alumna de un Seminario de náhuatl, coordinadora del taller de narrativa de Punto de Partida, aficionada a la historia y criadora persistente de canarios y violetas africanas, y tal pareciera que lo único que le hace falta para sentirse tranquila y hacer otras muchas más cosas en la vida es acceder al conocimiento de las artes mágicas que le permitan multiplicar el tiempo como en el milagro de los panes prodigiosos. Por lo pronto, como muchos escritores modernos, ya escribe en computadora, y me convence con muy buenas razones de que las maravillas de la tecnología le ahorran una importante carga de fatiga innecesaria. Sin embargo, cuando me invita a que hagamos la entrevista de una vez en esa máquina de encantos comprobables y científica brujería, no me dejo seducir por nada del mundo y me refugio espantado y confuso en el rincón más oscuro y vergonzante de mi ser, también a veces el más confortable.
—De ninguna manera —le digo, intentando abrirme camino con argumentos que reconozco inválidos—. No puedo serle así de infiel a mi pequeña grabadora de bolsillo.
Silvia Molina se encoge de hombros y expresa un gesto vago que se resuelve luego en una sonrisa limpia, redonda, que me comprende y me aliviana.
—Por supuesto —dice—. La infidelidad es un pecado capital.
El café se enfría olvidado sobre la mesa y Silvia Molina, que es menos tímida de lo que ella piensa y mucho más de lo que uno imagina al conocerla, se suelta a hablar despacio, a marcha forzada, trabajosamente, hasta que arrancan de pronto todos los motores con la chispa espontánea de su vitalidad contagiosa y su palabra se acelera entonces y se traga entero el paisaje de la tarde, la vasta carretera de signos que traza en su lenta caligrafía los rasgos de su propio perfil. Sus ojos ya no están aquí, ni su voz, y el gesto suave de sus manos acaricia los volúmenes gastados de la biblioteca de su padre.
Mi padre, Héctor Pérez Martínez, ha sido un hombre decisivo en mi vida, aunque no llegué a conocerlo; él murió cuando yo apenas tenía un año. Fue Gobernador de Campeche —muy querido allá en el sur—, Secretario de Gobernación y escritor, pero sobre todo una persona muy respetada en el ambiente intelectual mexicano. Como es lógico, sentí su ausencia durante toda mi infancia, y también la necesidad de rescatarlo yo sola, de recobrar una imagen. Recuerdo que jugaba mucho en la biblioteca de mi papá. No leía los libros. Sólo jugaba con ellos. Aquel juego significaba para mí cierta proximidad con él, una suerte de diálogo, de contacto ficticio también. Paseaba por la biblioteca con sus libros como todas las niñas pasean con sus muñecas. Eso me emocionaba; me sentía triste y feliz.
De chica era muy ensimismada, introvertida, tímida. Creo que ese carácter me orilló de algún modo a expresarme mejor por escrito. Se me hacía más fácil. Un poco más adelante, ya en la preparatoria, me sentía muy cómoda realizando trabajos escritos. Composiciones y eso. Aunque también las cartas eran siempre para mí un buen pretexto. Pero la literatura no me gustaba. Es decir, lo que yo entendía entonces por literatura —las clases que nos daban en el colegio— me parecía francamente aburrido y no tenía ninguna proximidad con mi mundo de intereses. Había que leer obligatoriamente ciertos textos que, vistos retrospectivamente, no eran los más indicados para leer a esa edad. En esas clases del colegio nadie me dijo nunca que la literatura tenía que ver con la vida de uno, que era parte de uno mismo. Una parte importantísima. Vital.
Un buen día, leyendo otros libros, descubrí que la literatura me hablaba de mis cosas, de mis problemas, y además en un lenguaje accesible. Entonces pensé que había dos tipos de literatura: la de la escuela (que era la formal, digamos, la de los hombres y nombres importantes) y la otra (más viva, o mejor que eso: más cercana a mi vida) que comenzaban a escribir los jóvenes —me refiero a la literatura de la onda— y que era como un despertar.
Estimulada por esas lecturas escribí mi primera novela —Esos fueron los días—, que nunca editó porque era muy mala. Había entonces una canción muy de moda que se titulaba así, y la novela contaba la historia de un grupo de chavos de mi edad: sus relaciones interpersonales, sus conflictos, todo eso. En La mañana debe seguir gris hay un capítulo en el cual la protagonista fuma en alguna fiesta una droga —marihuana o hachís— y se cuenta a sí misma lo que siente. Este episodio corresponde en realidad a mi primera novela inédita, y fue lo único que sobrevivió de ella. Lo que hice fue reacomodarlo para que cupiera en La mañana debe seguir gris, sin que resultara un estorbo o un emplasto.
Después de esa aventura inicial en el campo de la ficción, pasó mucho tiempo antes de que volviera a escribir algo. Pero leía mucho, muchísimo. Había descubierto el placer de la lectura y eso era para mí insustituible. Leía sobre todo a los escritores que publicaban durante esa época en México, en América Latina.
Luego salí del país. Me fui a vivir a Londres. Antes ya había estado en Francia; parte de mi adolescencia la pasé en París. En Londres conocía a José Carlos Becerra y comencé a ver la vida de manera diferente. Cuando uno se aleja de su país y de uno mismo tiene ojos más críticos para verse y ver al mundo que te rodea. Ese viaje me cambió. Me hizo de nuevo en muchos aspectos. Distinta. Mujer. Mujer adulta.
Cuando regresé a México quise retomar mis estudios de antropología, pero alguien me habló de un taller de literatura en el cual daban clases José Agustín, Elena Poniatowska y Hugo Hiriart. Aunque no tenía una visión muy clara de lo que podría hacer yo ahí, me pareció importante asistir. Y resulta que en el taller me di cuenta que lo único que me interesaba de verdad en la vida era escribir. Allí nació, en 1977, La mañana debe seguir gris. Ese mismo año me dieron el premio Xavier Villaurrutia y eso me asustó mucho. Muchísimo. Todo el mundo pensaba que iba a dar brincos de felicidad, y aunque el premio significó un gran estímulo, fue al mismo tiempo como una llave de tuercas. Me daba miedo seguir escribiendo. Yo me preguntaba: ¿qué esperarán de mí para la próxima novela?
Además, era muy consciente de la pobreza de mis lecturas. Si era cierto que pensaba dedicarme de plano a la literatura, debía enmendar esa situación. Entonces me inscribí en la Facultad de Filosofía y Letras de la unam, sobre todo porque veía muchas ventajas al hecho de acoplarme a un método que me brindara la información que requería. Y también la formación, claro. Fue como volver a la secundaria para leer aquellas obras que ahora necesitaba y que entonces había pasado por alto.
Mientras tanto trataba de esconderme, de hacer cosas que me desviaran de mi trabajo literario. Consciente e inconscientemente. Si algo tenía claro era el pánico que sentía. De veras, un pánico brutal. Entonces me fabriqué una caparazón literal y metafórica y armé el libro Leyendo en la tortuga. Fue un pretexto buenísimo y divertido para volcar mis energías en un trabajo que me ocupó mucho tiempo.
Pero el hecho es que yo sentía que tenía muchas cosas que decir y que era inútil seguir trampeándome la vida porque mi angustia aumentaba. Un día me encaré conmigo misma y me quité todas las máscaras. Así surgió Ascensión Tun, mi segunda novela. Había solicitado previamente una beca al Centro Mexicano de Escritores, que me concedieron, y en ese marco la escribí. Me sentí muy estimulada allí. Además, yo funciono muy bien bajo presión, y la presión de entregar cuartilla tras cuartilla me servía. Los coordinadores eran entonces Juan Rulfo, Salvador Elizondo y don Francisco Monterde, y el grupo de becarios con el cual me tocó convivir era sumamente apacible y las sesiones resultaban muy intensas.
Parte de mis orígenes estaba en el sur y salí a buscarlos. De manera que desde el punto de vista personal, Ascensión Tun es eso: la recuperación de Campeche, ese mítico paraíso perdido para mí. Y recobrado. Por suerte recobrado y asumido.
Cuando la terminé, ya sabía yo que iba a escribir La familia vino del norte, mi novela más reciente. Sin embargo, el miedo me bloqueó otra vez. Y me bloqueó porque la historia se desarrollaba en un periodo muy concreto de la Revolución Mexicana (que es el periodo del serranismo, cuando la reelección de Obregón), y yo sabía muy poco de eso. Entonces acumulé libros y libros, junté mucha bibliografía y reuní infinidad de datos que me dieron una visión muy padre de la Revolución Mexicana, pero que no me sirvieron de mucho para escribir mi novela. Y como siempre, haciéndome trampas y más trampas, no queriendo enfrentarme en definitiva a ese mundo que comenzaba a vislumbrar, escribí el libro de cuentos Lides de estaño, que publicó la uam. Pero también, como siempre, llegó la hora en que las dilaciones comenzaron a dolerme y acepté el desafío de quitarme esa otra espina: la que vino del norte. Me llevó mucho tiempo escribir esta novela. Cinco años, casi.
La historia de Teodoro Leyva, un general revolucionario que sale de Sonora en 1910 con las tropas maderistas y llega a la Cd. de México en 1914 (cuando ya se ha instalado en el poder la familia revolucionaria) es reconstruida por la nieta y por un periodista que se interesa por la vida del general. Es una novela muy breve —tiene apenas 200 cuartillas— y no se nota para nada la investigación histórica, en el sentido en que se lee como literatura, no como historia. Al menos eso creo. Creo que la investigación no incomoda. Por cierto, la nieta del general y el periodista, los artífices en realidad de la novela, los que buscan los datos y arman el rompecabezas, viven en Coyoacán. Pero viven ahora o ayer, en un Coyoacán muy reconocible y constatable, nada lejano. Es parte fundamental de la escenografía en la que se desenvuelve La familia vino del norte.
Mi madre es de allá, sonorense, y tuvo tres hermanos que fueron generales revolucionarios. Gran parte de la historia es biográfica en el sentido en que arraiga en la familia de mi madre. Pero no es autobiográfica. De ninguna manera. La historia del general es verídica, pero el general es en la novela un personaje literario. Como debe ser, por otra parte. Pero del sur vino mi padre y del norte mi madre. Tenía que conocer esos extremos. Tenía que juntarlos, tocarlos. Yo soy en cierto modo esa síntesis.
Durante algún tiempo me dio pudor escribir sobre cosas tan próximas. Ahora sé que uno sólo puede escribir sobre lo que conoce. Eso es irremediable. Por otra parte, utilizo mucho la primera persona en mi narrativa, y eso me sirve para involucrarme a fondo con mis personajes. Sin embargo, eso no quiere decir que la voz de la autora y del personaje sean la misma. Cuando escribí Lides de estaño, me encontré con un amigo en la calle que me dijo ciertamente impresionado: “Oye, Silvia, yo no sabía que habías tenido un aborto...” Lo que ocurría era muy sencillo: uno de los personajes había tenido un aborto y este buen amigo confundió a la autora con ese personaje.
En realidad, en mis cuentos y en mis novelas subyace un único tema: la búsqueda de uno mismo. No es que me lo proponga o me lo imponga. El hecho es que cuando termino un libro me sorprende que ese tema se repita obsesivamente. Obsesivamente. Como un dedo que recorre sobre el vidrio empañado la misma circunferencia, siempre.
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