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Mi familia y la Bella Durmiente cien años después El cuento favorito de María es La Bella Durmiente, y el tío |
| Güemes, César: SM:el acto de escribir es resolver encrucijadas toda la vida |
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Güemes, César “Silvia Molina: el acto de escribir es resolver encrucijadas toda la vida” La jornada, sec. cul., 26 de febrero de 1998, p. 26.
Once versiones, a lo largo de cuatro años, hizo Silvia Molina de su más reciente novela, El amor que me jurast —Hay dos epígrafes que franquean el paso a la novela, uno tomado del Génesis, y otro del letrista Mario de Jesús. De manera, Silvia, que hay dos mundos muy distintos que junta o hace reunir en El amor que me juraste. ¿Cómo se relaciona un texto bíblico con un bolero mexicano? —A través del mundo interior de los personajes, de su necesidad de indagar en el pasado, de conocerse, saber de dónde son, lo cual tiene que ver con la vida cotidiana y los pequeños detalles que a lo largo de la existencia nos van marcando sin darnos cuenta. Y curiosamente fíjate que el título del libro, tomado del bolero que se llama Y, no sale a relucir sino en boca de la protagonista, quise que ella lo dijera. —En los primeros capítulos la obra pareciera ser de ambiente exterior, de descripción de sabores, aromas, arquitectura incluso, pero no lo es, se va a la parte interna de los personajes. ¿Así estaba planeado el viaje para el lector? —La verdad no pensé hacer eso. Siempre he estado muy preocupada por la descripción tanto del interior como del exterior, pero no fue una intencionalidad la de ir del paisaje a, digamos, el alma. Me-interesaban más los problemas humanos que el ambiente, aunque siento que en este caso para los personajes, sobre todo para la narradora, son muy importantes las descripciones de este lugar donde la sitúo, San Lázaro, porque era un sitio que ella no conocía, con el que se enfrenta y a partir del cual empieza a entenderse.
Enamorarse es algo imprevisible —Hay una necesidad de los personajes por escribirse a sí mismos, por decirse a través de cartas. Estaríamos hablando ya de una escritura doble, la suya propia y la de ellos. —Me llevé como cuatro años haciendo esta novela, de manera que la versión final es ya la número diez u once. Al principio todo se narraba desde el punto de vista del médico. Había un personaje que le preguntaba cómo había sido su vida y él contestaba, sin saber quién le formulaba esas interrogantes. Pero al paso del tiempo: me sucedió que yo no podía hacer eso. Es decir, sí lograba captar, entender y describir al médico, conseguía que él mismo se expresara mediante las cartas, pero muchas cosas de las que yo quería decir no las podía verbalizar el personaje. Por eso decidí variar la perspectiva, porque contaba con muchos detalles que no era correcto poner en sus palabras. Cuando cambia la estructura de la novela es que recupero de alguna manera muchas de las versiones de las cartas del médico. Por eso es que están ahí, porque era necesario decir o contar hechos esenciales para la trama. —A estas alturas del siglo xx mexicano, cuando las relaciones de pareja no son lo que solían, ¿se acerca el escritor de la misma manera al trato entre dos personas que se precisan como se hablaba de ello en la época de Y? —Creo que el amor siempre será el mismo. Tanto el enamoramiento se da igual, como las consecuencias de éste serán idénticas a lo largo de la historia. Desde luego que cambian las circunstancias personales y eso es lo que hace distinto el enamoramiento de una persona al de otra, por el bagaje que cada quien tiene. Esto hace que cada historia sea diferente cuando dos seres se juntan. La historia particular no se repite. Creo que al fin del milenio las relaciones amorosas en México se irán dando como siempre. Quizá lo distinto es el acercamiento a través de las cartas, que a lo mejor, como uno de los personajes lo dice, puede ser un poco cursi o decimonónico. Por un lado es un pretexto para decir muchas cosas que no se dicen así, en una plática convencional, y por otro lado es un pretexto también, pero para el doctor, a fin de satisfacer la necesidad de escribir, ya que siempre quiso hacer una novela. —Hay un momento en que la mujer le pregunta al doctor sobre la manera en que quiere un intelectual. ¿Será que de veras las personas con algunas luces extra tienen una forma distinta de acercarse a los demás? —No, pienso que todos queremos igual. Ella le dice eso porque quiere saber, en efecto, cómo se enamora un médico, pero nada más. Lo que ella necesita saber, propiamente, es cómo se ha enamorado él de ella. Ahora, hay muchos elementos en las descripciones del médico que nos puede dar líneas de su carácter. Cuando él se describe a sí mismo y habla de la música que le gusta escuchar, y señala al autor, ya está diciendo mucho de sí. Sabemos que una persona a quien le gusta Mahler es alguien peculiar, porque es un compositor muy difícil. Además dice que lee a Conrad, lo cual tampoco es común. Así que las respuestas a la pregunta de ella, sobre cómo se enamora un intelectual, sí nos dan noticia de la manera de ser de, él. Sin embargo, pienso que en la vida real todos nos enamoramos igual. Nadie elige ni siquiera con quién mantener una relación de este tipo. Muchas veces una se enamora y se sorprende por eso, porque es algo que no se puede prevenir.
Buscar la salida —¿Cansa escribir una novela 11 veces, dan ganas de mejor dedicarse a otro proyecto? —Es un proceso duro, difícil, en ocasiones desesperante, te frustras y dices qué horror, no me sale, no puedo escribir. Hay etapas así. Pero considera que a lo largo del trabajo te das cuenta de que está ocupado y que resuelves problemas constantemente. Pienso que en realidad el acto de la escritura es eso, solucionar encrucijadas toda la vida, limpiar el texto, quitar adverbios o adjetivos. Si los personajes no salen bien, se vuelve a comenzar. Para mí eso es la escritura. Hay quienes dicen que están en su mejor momento en esto de las letras, y para mí representa más bien un momento pesado. Claro, como se ejerce la profesión o el oficio, puede uno decir que está bien de alguna manera, se frustra uno más si no escribe que si no le sale, porque se encaminan todas las energías a resolver los problemas del trabajo literario. Con esto me tardé cuatro años, pero antes pudo ser más, porque había que escribir en un cuaderno, luego pasar a máquina, y como yo por formación he sido perfeccionista, las versiones en máquina eran una y otra y otra más. No había para cuándo terminar. Ahora la computadora agiliza todo ese proceso. —¿Había algún conflicto entre los personajes y usted, algo muy severo que no le permitía terminar? —No me creía la historia. Con todo y que pensé haber entendido al médico, siento honestamente que no me podía poner dentro de sus pantalones y sus zapatos. Dudaba de que eso fuera cierto. Eso por un lado, y luego por otro había muchas cosas que podía decir desde el punto de vista de Marcela y que el médico no me daba el pretexto para que ella se expresara. Ya en la última versión, con otra perspectiva, me di cuenta de que eso era lo que buscaba. —Hace un rato decía que algunos escritores sienten que ejercen en el mejor momento. ¿Usted no, pese a los varios reconocimientos que ha recibido por su trabajo? —Yo creo que no. Fíjate que cuando estoy sufriendo en la escritura me acuerdo de una anécdota de una de mis hijas; gimnasta. Durante muchos años la dejaba en el gimnasio, para entrenar, durante casi diez horas diarias. Al recogerla, ella estaba hasta de mal humor, pero no quería dejar la gimnasia. Un día le hice una pregunta al respecto: ¿qué piensas cuando estás en la barra de equilibrio? Me respondió algo que me dejó impactada: sólo busco la salida. En la escritura yo hago lo mismo, trabajo lo necesario y al final no busco sino la salida. (El amor que me juraste será presentado hoy a las 19:30 horas, en el Centro Cultural San Ángel, con los comentarios de Ángeles Mastretta, María Rojo e Ignacio Solares.) |


