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Mi familia y la Bella Durmiente cien años después El cuento favorito de María es La Bella Durmiente, y el tío |
| Flores, Mauricio: Entrevista con SM. Imagen de Héctor |
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Flores, Mauricio “Entrevista con Silvia Molina: Imagen de Héctor” El Nacional, 27 de febrero de 1991.
La voz de Silvia Molina (1946) parece competir a ratos con el canto de media docena de canarios. Sentada en la silla que corresponde a la cabecera de su comedor, hace a un lado galeras en corrección, ilustraciones, lápiz y plumín y explica la escritura de su más reciente libro, la novela Imagen de Héctor que hoy por la noche comentarán Edmundo Valadés, Hernán Lara Zavala y Hugo Hiriart. “De alguna manera todos cargamos la caja, como las tortugas, ¿verdad? Y yo, durante muchísimos años, cargué todo mi pasado pues porque así me educaron, así crecí. Necesitaba entonces sacudirme y decidí de una vez. Aunque en la realidad la escritura de la novela me llevó mucho tiempo, no precisamente su escritura que se dio en aproximadamente dos años, sí la investigación. Luego de estudiar Antropología, hice la licenciatura en Letras; quería recibirme con una tesis sobre Cuauhtémoc: vida y muerte de una cultura y con Juárez el impasible, las dos novelas históricas del personaje central de Imagen... Para llegar a eso tuve que realizar una investigación más amplia del personaje, sobre todo en los aspectos literarios y periodísticos. Finalmente no me recibí con esa tesis por dos razones: primero porque me cambiaron las reglas del juego en la escuela, y segundo porque todavía no estaba muy bien preparada para eso”. “Escribir sobre un personaje (el padre) que es tan inmediato a nosotros es muy difícil. Siempre tenía miedo de no ser objetiva con él. No quería pasarme más allá y favorecerlo. Tan fue así, que en una ocasión me pidió José Emilio Pacheco que rescatara la polémica que mi padre (Héctor Pérez Martínez) tuviera con Alfonso Reyes. En esa polémica, mi padre increpó a Reyes desde las páginas de El Nacional en torno al nacionalismo. Reyes contestó de volada, en una edición limitada en forma mimeográfica. Cuando escribí la introducción a esta discusión, José Emilio me preguntó por qué era tan dura con mi padre. Creo que era eso lo que me pasaba; que de pronto me daba temor no ser objetiva y favorecer demasiado al personaje aunque en realidad, y en muchas cosas, el personaje tenía sus méritos. No hice mi tesis sobre él, hasta que un día dije ya estuvo bien y salí de un pasado corriendo” . Su búsqueda de Héctor no nació por mero accidente sino por una razón más poderosa: Héctor fue su padre. Un padre a quien no recordaba porque murió cuando ella tenía un año. Hasta los cinco, creció con la idea de que Héctor vivía; pero una tarde, cuando entraba en la casa de un vecino, Efraín Aranda Osorio, El Perfumado, entonces gobernador de Chiapas, un niño la orilló: —¿Qué se siente no tener papá? —Tengo, pero no está aquí. —Dicen que se murió. La Hija Menor no rebatió ni contradijo. Aquel niño no mentía. Héctor había muerto, y en su casa nadie lo aceptaba. Ocultaban la verdad, la callaban. —¿Cómo fue la recuperación de todo el material en torno a Héctor Pérez Martínez (1906-1948)? —No me acuerdo ahora cuántas páginas tiene la novela, pero la investigación que realicé es de miles de cuartillas. Recogí no sólo la obra en sí del personaje sino todo lo que se escribió sobre él. Tuvo una muerte digamos trágica en el sentido de que murió siendo muy joven y con una carrera en apariencia muy brillante. En esa época ser gobernador de un estado a los 30 años y secretario de gobernación a los 40 era algo realmente insólito. Lo que tenía que entender, al recopilar los materiales, era cómo había sido la evolución de un personaje del cardenismo que se formó a finales de la década de los años 20 cuando entró al periódico El Nacional Revolucionario y terminó su carrera con el primer año de Miguel Alemán. En la recopilación de esta etapa histórica de México, observé qué cosas habían favorecido al personaje para llegar a ser lo que fue. Creo haber descubierto cómo se fue haciendo un ser humano, a través de ciertas cosas que tienen que ver desde la vida cotidiana hasta la vida política. Prosigue la voz de Silvia Molina: “No sé si la novela esté bien o mal. Lo que sí se es que yo no pudiera haber hecho otra cosa. Yo misma le haría ciertas críticas. Pero te pongo otros ejemplos: yo no conocí al personaje. Físicamente estuve en sus brazos, cosa imposible de recordar. Entonces: ¿cómo lo conozco? Es como conocer a un escritor a partir de lo que escribe; porque en lo que escribe está lo que le hubiera gustado ser. Hay una elección en ese escritor que lo lleva a escribir eso y no otra cosa. Así descubrí los temas de su literatura, lo que destaca y le interesa ver. Esto me lleva a conocer a mi personaje por una parte; por otra, su realidad de hombre público, su actuación en la vida política de México. La opinión de los demás acerca de él también me llevó a conocerlo”. Los amigos de Héctor iban aclarándole el panorama. Si se esforzaba lo bastante, armaba una cronología aunque no supiera que era demasiado simple: odontólogo, periodista, diputado, gobernador, oficial mayor; subsecretario, secretario, y todo ese tiempo, escritor. Como los viajes anunciados en la agencia que la Esposa de Héctor tuvo que vender porque sus socios no acababan de hacerle bien las cuentas: Portugal, España, Francia, Bélgica, Holanda... Después de todo, dar con el itinerario de una vida no resultaba extremadamente difícil; bastaba preguntarle a la Esposa de Héctor. Pero, ¿qué había dentro de ese ser registrable en el calendario? Ella quería saber eso: ¿cómo sería Héctor, cómo pensaba? Lo mismo que debía mover a los viajeros a preguntarse ¿cómo sería Francia? —A partir de tu conocimiento en la investigación, ¿podrías diferenciar lo que él mismo pensaba de las funciones literarias y públicas? —Es difícil ¿no? Otra vez me pasa lo mismo... no quiero ser ni complaciente ni estricta. Yo creo que mi padre, como muchos hombres de la época, era un intelectual político. Te puedo dar un ejemplo bastante honroso también: a la manera de Jesús Reyes Heroles. En esa época los intelectuales estaban en la política. No sé... Vasconcelos, Justo Sierra. Creo que mi padre tenía un modelo precisamente en la figura de Sierra; era un modelo de campechano a seguir. No creo que hiciera mucha distinción entre la vida literaria y la política en realidad. Pienso incluso que la vida literaria le sirvió, o la puso al servicio de su vida política. Era un hombre bastante congruente con sus principios. Muchos dones que tiene la literatura le sirvieron para la vida política, tenía otro tipo de sentimientos, de metas; un espíritu de servicio. Lo que yo trato de dejar ver en la novela es que era un buen político. Alemán lo nombró jefe del gabinete y ministro de Gobernación no por sus méritos literarios, sino por su conocimiento, su colmillo. Si analizamos su vida de político, todos esos méritos los tenía él. —Personaje y época recuperada en Imagen de Héctor descubren el nacimiento de una nueva forma de hacer periodismo... —Sí, él compartía una columna en El Nacional, “Escaparate”, con otros periodistas. Haciendo un análisis de ella se puede ver que estaba encaminada a la literatura, el cine, la pintura... era básicamente cultural. Acabada la guerra, recién nacida la Hija Menor e instalado en la presidencia del licenciado Alemán, Héctor fue dado de baja como subsecretario y nombrado, a partir del 1 de diciembre de 1946, secretario. Tendría un sueldo que, junto con los gastos de representación, sumaba la cantidad de tres mil 560 pesos; buenos para esa época. La Hija Menor se debatiría años en el reclamo a Marta Celis por haberla traído a un mundo cuyo futuro no tenía salida; porque Héctor, su esposa debía haberse dado cuenta, estaba amenazado de muerte a pesar de “esa carrera brillante”. Su buen humor debía ser fingido; su disposición a sonreír por las travesuras de los Hijos Mayores, cansancio; el llanto de la recién nacida, tormento (“Háblenle a Heidi que venga por Ella”); las jornadas de 18 horas, suicidio. —Dijiste que podrías señalar errores en la novela, ¿cuáles? —Le señalaría que aunque refleja una etapa de México y la de un personaje en particular —en primer instancia la búsqueda del padre—, se queda de pronto en eso: cierta inmediatez. Si tú no sabes quién es Alemán, Cárdenas, Benítez o Cardoza y Aragón algo se pierde. Cosa que no niegue que yo justamente quise hacer eso; es como se me dio. —¿No la sientes también intimista? —Por supuesto que la escribí para mí, pero no nada más para mí, de ser así no la hubiera publicado. Tampoco es cierto que sea tan intimista porque la búsqueda del padre es universal. Por otra parte soy una de las personas que está trabajando muy en la onda de la novela histórica, eso que llaman el nuevo verismo de la literatura mexicana. Caigo así de manera natural en esta corriente y no me cuestiono. Aunque no me siente y diga: estoy haciendo novela verdad, pero ese es mi trabajo. En los últimos días he tenido una gran cantidad de llamadas y recados de gente que vivió la época o conoció a mi padre, que me señalan cosas, quieren contar algo para que yo haga agregados al libro. Y de alguna manera siento que la novela contribuye a la visión y evaluación colectiva de una época del país. Eso es algo que tengo mucho en mi literatura, digamos esa parte histórica, sin ser historiadora. Lo que me pasa es que a mí me contaron una historia y yo siento que la historia fue otra. Tiene que ver en realidad con todo mi trabajo. A mí me pintaron un papá, mientras sentía que era otro; me contaron una revolución y sentí que era otra (La familia vino del norte), o descubrí una guerra de castas impresionada de que se conocieran casi nada (Ascensión Tun). Silvia Molina descansa su voz. Lo hace con el sorbo de un café depositado en un tazón estampado con cuatro ositos que, de mayor a menor, se dejan caer a su lado sonrientes. “No es algo nuevo pero el escritor tiene sus obsesiones. Yo no me siento y digo voy a escribir algo sobre la búsqueda de la identidad. Pero termino cualquier cosa y digno no es posible, estoy escribiendo la vida de un personaje que no tiene nada que ver conmigo y ahí está la búsqueda de la identidad. Yo creo —no sé, igual nunca vuelvo a escribir o a hacer exactamente lo mismo—, pero siento que después de esta novela muchos de mis conflictos quedan resueltos, tranquilizados. |


