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Mi familia y la Bella Durmiente cien años después El cuento favorito de María es La Bella Durmiente, y el tío |
| Espinosa, Jorge Luis: La literatura está hecha de aquello que le duele al escritor |
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Espinosa, Jorge Luis, “La literatura está hecha de aquello que le duele al escritor: Silvia Molina autora de El amor que me juraste”, Uno más uno, núm. 7549, 28 de octubre de 1998, p. 31.
Si alguna obsesión ha perseguido a Silvia Molina es precisamente la búsqueda de la identidad... Desde La mañana debe seguir gris (1977), hasta El amor que me juraste (Joaquín Mortiz, 1998), la escritora ha indagado en torno a esta búsqueda de sí.
—No importa que los personajes sean de distinta edad, diversa condición social o posición económica, siempre tratan de entender quiénes son. Esto debe ser un problema muy íntimo y profundo en mí, porque sin que yo me lo proponga de pronto aparece y no me queda más qué decir. ¡chin!, otra vez— explica la autora, quien recientemente obtuvo el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 1998 por El amor que me juraste. Un galardón que le será entregado el próximo 2 de diciembre en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, y por una novela que vuelve sobre esta obsesión de la identidad: Marcela, profesionista, madre de dos hijos, con esposo y amante, de pronto se ve sumergida en una encrucijada de la existencia que la obliga a exiliarse de la ciudad de México. Huye a San Lázaro, un puerto del sureste mexicano que bien podría identificarse con Campeche, donde sigue los rastros de sus antepasados que la ayudan a saber de sí y de los otros que, como unos fantasmas, hasta ahora la han rodeado. —Como que siempre hay voces que te buscan y finalmente uno tiene que salir al encuentro de ellas. Marcela tiene que aceptar a su madre y rescatar a su padre. Tiene que reconocer a su marido y contemplar a la distancia a sus hijos. Tiene que reconocerse a sí misma —explica Molina. —¿Usted se siente desarraigada de la ciudad de México? —Fíjate que no, la verdad es que yo crecí y he vivido en esta ciudad. No tengo la posibilidad de la gente de provincia de decir: Estoy harto y me voy a mi pueblo. Mis referencias están en Campeche, pero yo no nací allá. El Distrito Federal es mi ciudad y la amo como todos los que nacimos aquí. Ha cambiado muchísimo y me aterra el haberle heredado a mis dos hijos una ciudad inhóspita. —¿O se siente desarraigada del mundo? —No, tampoco. Como muchas personas tengo marcas de la vida, sobre todo de la infancia. Por ejemplo, la ausencia de mi padre. No lo conocí, y no es que haya muerto cuando yo tenía 7 años porque entonces hubiera sido una pérdida. Simplemente no lo conocí y pensé que así era en todas las familias. Sin embargo, esta experiencia me marcó en la forma en como me educaron, en la relación con mis hermanos. No me siento desarraigada del mundo. Soy, más bien, una gente a gusto consigo misma. Claro que quiero hacer muchas cosas que a veces no logro, pero en general estoy satisfecha de estar en este mundo. —En sus novelas se ha dado una ciudad que no tenía —Campeche— y ha recuperado a un padre con su libro Imagen de Héctor. ¿Esto ha sido así? —De alguna manera. Con la literatura inventas o recreas la realidad, y yo he tenido la fortuna de tener esta profesión que te permite darte algo que de otra manera hubieras carecido. Muchas cosas de mis novelas han sido inventadas. No sucedieron en la realidad, pero otras fueron una búsqueda. Creo que la literatura está hecha de las cosas que le duelen a los escritores, de las preocupaciones íntimas. Escriben cuando algo te molesta, duele o inquieta. Empiezas a pensar en ello y a ver ciertas posibilidades para entender o desentrañar ese dilema. —¿Una literatura más de interrogantes que de respuestas? —De sensaciones, de lo que te duele. Cuando impartía talleres literarios y me encontraba con alguna persona que me entregaba uno de esos cuentos increíbles, que nada tenía que ver con ella, le decía que eso no era la literatura. Esta tiene que doler, y no porque necesariamente tenga que ser una historia atroz, sino porque tiene que partir desde muy dentro del que escribe. Una puede reinventar, contar hechos que no sucedieron, pero siempre anclado en este deseo de decir lo que nos duele. Yo les decía que leyeran mucho hasta que encontraran ese algo que les despertara lo que realmente tenían que decir. —Ahora, en cuanto al premio recibido, ¿cuál es el significado de éste? —Fue una verdadera sorpresa, porque son las editoriales las que envían los libros a concurso, y de pronto te hablan para decirte que has ganado el premio. Uno trabaja sin esperar tal o cual premio. Como todos los galardones, además, es un compromiso para mejorar, o por lo menos mantener el nivel literario que te has propuesto. —¿Y el que sea el Premio Sor Juana Inés de la Cruz? —Es un gran honor obtener un premio que lleve el nombre de esta escritora irrepetible. Por la forma en que vivió y las circunstancias que la rodearon es realmente admirable lo que hizo, y no creo que se repita otro caso igual. Ahora, las mujeres del siglo xx, y ya en el umbral del próximo milenio, tenemos abiertas las puertas de todas partes. Ya no es difícil publicar, competimos por igual con los hombres. —Pero además este premio se vincula muy claramente a la novela ganadora que aborda la condición femenina. —Claro, El amor que me juraste tiene mucho de la condición femenina, pero tiene otras cosas. La novela repite la búsqueda de la identidad que también he desarrollado en trabajos anteriores, aunque aquí el personaje busca reconocerse, pero en un lugar, en este caso el puerto de San Lázaro, algo que no existe en mis otros libros. —¿Pero el detonante de la crisis de Marcela no es este desencuentro amoroso que la lleva a la búsqueda de sí misma como mujer? —Son varios factores. Tiene por ejemplo que lidiar con la enfermedad de su madre, a quien tiene que cuidar. Está un poco dejado de la mano del marido, y en este tedio conoce al doctor que se convierte en su amante. Todo esto la obliga a refugiarse en San Lázaro. Toma una decisión, y esto es algo que me interesó abordar en la novela; es el tipo de determinaciones que todos alguna vez en la vida tenemos que hacer. Yo dejé hacer a mi personaje todo lo que quisiera.
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