El 11 de octubre de 1946, en México, nació Silvia Molina. Es licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas y está estudiando la maestría en Letras Prehispánicas. Fue becaria del Centro Mexicano de Escritores y coordina un taller de narrativa de la revista Punto de Partida de la unam y desde 1979 un taller de redacción en la Facultad de Filosofía y Letras. Fue directora de producción de la editorial Martín Casillas y conduce el programa “Con la música por dentro” para Televisión de la República Mexicana.
Ha publicado La mañana debe seguir gris (Premio Xavier Villaurrutia 1977), Leyendo en la tortuga (1981), Ascensión Tun (1981) y El libro del olvido (1983) ilustrado por Magali Lara.
Esta entrevista fue realizada en casa de Silvia, bastante cerca del Ajusco y más cerca aún del fantasma de un canario —mascota de las hijas de Silvia que fuera engullido por un gato una semana antes.
Gaceta: ¿Hace cuánto tiempo empezaste a escribir?
Silvia Molina: Empecé a escribir desde de la preparatoria. Escribí una novelita que se llamó Esos fueron los días. Era la historia de un grupo de amigos desde que se conocen hasta que cada quien toma rumbos diferentes. Pero la novela estaba muy mal escrita; fue para mí el primer intento de escribir, sin pensar que me iba a dedicar realmente a la literatura posteriormente. La escribí después de haber leído De perfil de José Agustín. Yo siempre había tenido muchos deseos de escribir, pero pensaba que era muy difícil; cuando leí a José Agustín, me animó muchísimo ver que hablaba un poco de las cosas que a mí me gustaría tratar, y que además su lenguaje era bastante cotidiano. Entonces pensé que no era tan difícil hacerlo, y escribí esa novela. Ese texto lo rompí cuando entré a un taller en el que daban clases Elena Poniatowska y Hugo Hiriart, adonde fui porque me habían dicho que José Agustín estaba dando clases; pensé que era mi oportunidad. Cuando llegué, José Agustín se acababa de ir a Estados Unidos, y nunca lo conocí. Pero me quedé en el taller, donde después trabajé en la primera novela que publiqué: La mañana debe seguir gris.
Gaceta: ¿Empiezas a escribir por una necesidad o por qué?
SM: Sí, siempre escribí por una necesidad. Escribía porque tenía una necesidad de hacerlo y además porque siempre fue muy difícil comunicarme verbalmente con los demás. Por ejemplo, siempre aprovechaba la ausencia de alguno de mis amigos para escribir cartas.
Gaceta: Después de que rompiste Esos fueron los días ¿cuándo te empiezas a considerar ya escritora?
SM: Desde que comencé a escribir La mañana debe seguir gris ya me di cuenta de que, sobre cualquier otro gusto o profesión, lo que yo quería realmente era escribir. Yo había estudiado antropología en el inah, y dejé esta profesión para dedicarme de tiempo completo a la escritura.
Gaceta: ¿Reconoces obsesiones en tus escritos?
SM: No. Creo que no tengo ninguna obsesión.
Gaceta: ¿Y temas recurrentes?
SM: ¡Ah caray! Pues, yo creo que tampoco tengo temas recurrentes. Tengo un libro inédito de cuentos, además de las dos novelas y los veo muy diferentes entre sí...
Gaceta: ¿Escribes diariamente?
SM: Procuro hacerlo, a veces, aunque sea un poquito, media cuartilla, para no sentirme angustiada de que no escribí; pero no tengo una disciplina muy rigurosa.
Gaceta: ¿Te cuesta mucho trabajo?
SM: Muchísimo, más de lo que te puedas imaginar.
Gaceta: ¿Lo haces en horas o lugares determinados?
SM: Lo hago por la noche, siempre he escrito por la noche. Como tengo dos hijas pequeñas —que ahora ya están un poco más grandes— siempre procuraba dormirlas temprano, y a partir de las horas en que ellas dormían me ponía yo a escribir. Y sigo haciéndolo igual: escribo más bien por las noches, ya que durante el día leo, o voy al supermercado, o llevo a las niñas al colegio, o voy a la Universidad, o lo que tú quieras, entonces ya me siento a revisar lo que escribí la noche anterior y a escribo algo ¿no?
Gaceta: ¿Haces muchas correcciones?
SM: Yo siempre hago muchísimas correcciones. Durante mucho tiempo, después de escribir La mañana debe seguir gris, mi autocrítica me estaba matando, porque hacía tantas correcciones, que terminaba todo en la basura. Y ahora, por ejemplo, un cuento lo hago a mano —escribo siempre las primeras versiones a mano—, lo hago unas tres o cuatro veces, y lo corrijo las tres o las cuatro veces. Después, al pasarlo a máquina, corrijo más. De manera que un cuento me lleva seis o siete versiones.
Gaceta: ¿Qué te produce el acto de escribir?
GM: Una sensación entre placer y angustia. Siempre que estoy escribiendo cualquier texto, tengo esa sensación como de enamoramiento, como ese placer o angustia por ver o no ver al ser querido o por estar pensando en él. Es una sensación muy curiosa.
Gaceta: ¿Piensas en la gente que te va a leer cuando escribes?
SM: Pues, directamente no; pero no soy de las que escriben para no tener lectores ¿no? Desde luego, pienso que los textos que estoy haciendo son para comunicárselo a alguien. Pero en el momento de la escritura no estoy pensando quién me va a leer ni cómo me va a leer. Se que van a llegar a manos de un lector; pero al momento de escribir no pienso más que en el texto. Incluso no sólo durante el tiempo de la escritura, sino también durante el tiempo en que el cuento se está gestando, estoy muy en relación con mis personajes todo el tiempo.
Gaceta: ¿De quiénes has aprendido más en relación con tu trabajo de escritora?
GM: Fundamentalmente, me di cuenta que el oficio de escribir era un oficio de disciplina y de trabajo gracias a Elena Poniatowska. Cuando yo estaba con ella en el taller, nosotros trabajábamos muy poco; entonces, un día ella llegó muy enojada al taller y nos dijo que escribir no era escribir una cuartilla veinte minutos antes de llegar al taller. Ella nos enseñó que escribir era un oficio, el cual requería muchísima disciplina y que debía hacerse todos los días, fuera para ir a un taller o para publicar o no publicar. Me acuerdo perfectamente que nos dijo: “Lo que no hagan ustedes por ustedes mismos, nadie lo va a hacer”. También Hugo Hiriart me ayudó mucho. Otra persona sumamente generosa conmigo fue Salvador Elizondo.
Gaceta: ¿Has usado tus sueños en lo que escribes?
SM: Sí, en mi primera novela tengo un sueño; y en la segunda, Ascensión Tun, aunque no eran sueños míos, metí sueños.
Gaceta: ¿Usaste sueños de otros?
SM: No sueños de otros, sino que inventé sueños para algunos personajes.
Gaceta: ¿Releés tus escritos?
SM: Pues, generalmente, no. A veces, cuando tengo que dar una lectura —depende en qué lugar y para quién va a ser la lectura— releo los textos para ver cuál sería más adecuado. Pero hace años que no leo La mañana debe seguir gris ni Ascensión Tun.
Gaceta: ¿Por qué?
SM: Pues, como que ya terminaste algo y ya no te preocupa el texto, sino que te preocupa únicamente lo que estás haciendo o lo que vas a hacer.
Gaceta: ¿Ahora qué estás trabajando?
SM: Cuentos.
Gaceta: ¿Qué utilidad tiene lo que has publicado?
SM: Te diría lo que hemos platicado ya varios amigos: en última instancia quién sabe qué utilidad tenga la literatura. A veces es vista un poco como ocio ¿no? Me ha pasado últimamente una cosa muy curiosa: estoy dando unas pláticas en los hospitales del issste a los enfermos, el proyecto se llama “Visitando a los enfermos”, y vamos un grupo de escritores a leer textos nuestros o de otros. Y me he sentido satisfecha, al leer cuentos míos, al ver que personas de diferentes sectores económicos, pueden pasar un rato agradable y olvidarse un rato de la monotonía de un hospital a través de mis cuentos. Ya con esto he sentido realmente que, al menos, ha servido para algo.
Gaceta: ¿Cuáles otras satisfacciones apuntarías?
SM: Sobre todo, la satisfacción personal de haber terminado algo. Ver que un proyecto ya es una cosa completa.
Gaceta: ¿Te sirven el café o el tabaco para escribir?
SM: ... Pues mira, no sé si me sirva o no, pero siempre que estoy escribiendo fumo y tomo café.
Gaceta: ¿Bastante?
SM: No, lo que pasa es que, por ejemplo, los cigarros se acaban solos, pongo el cigarro en el cenicero y cuando me doy cuenta ya se consumió y prendo otro; es quizá algo un poco nervioso. O me levanto mucho, no estoy mucho tiempo sentada, con cualquier pretexto me levanto un momento y luego vuelvo a sentarme.
Gaceta: ¿Tuviste problemas para publicar?
SM: Afortunadamente no. Cuando terminé el manuscrito de La mañana debe seguir gris, lo entregué a la editorial y me dijeron que me comunicara el lunes; no hablé por teléfono porque pensaba que me dirían: “Venga a recoger su manuscrito”. Entonces fue la editorial quien me habló para darme una cita y en ese momento me di cuenta que ya me habían aceptado la novela; no me habrían dado una cita para que fuera a recoger mi manuscrito ¿no? Y la novela salió publicada al año, que para aquella época era demasiado rápido. Después, el segundo libro Leyendo en la tortuga, me lo pidió, sin que yo lo ofreciera realmente, Martín Casillas para su editorial. Supo por Hugo Hiriart, o por alguien, que tenía yo el manuscrito de Leyendo en la tortuga, y me lo pidió para verlo. Al verlo se interesó, y ya nada más lo arreglé un poco, porque estaba concebido como un trabajo para la Universidad, no para una publicación.
Gaceta: ¿La crítica cómo ha tratado tus libros?
SM: En términos generales, bastante bien.
Gaceta: ¿Nunca tuviste críticas muy duras?
SM: Sí, fíjate que sí. Después de que me dieron el Premio Villaurrutia por La mañana debe seguir gris, hicieron un programa de televisión, en el Canal Trece, sobre el libro. El programa consistía en entrevistar a dos críticos; uno que tuviera un punto de vista positivo y uno que tuviera un punto de vista contrario sobre el libro. En ese programa entrevistaron a Emanuel Carballo, y él se portó bastante... subjetivo con el libro. Yo considero que su crítica no fue objetiva, tanto que hasta la misma conductora del programa se sorprendió de las cosas que estuvo diciendo. Yo decía: “Bueno, este cuate ¿qué?”, ¿no?
Gaceta: ¿Consideras necesario el sufrimiento para realizar una creación?
SM: No. Considero necesario vivir, vivir todo.
Gaceta: ¿Te sirven la música o el cine?
SM: ... Pues, yo creo que no. Bueno, siempre trabajo con música. Debussy, de preferencia, porque pienso que la escritura tiene un ritmo, y este ritmo puede ser el de la música. Pero, particularmente el cine, no. Sin embargo, Ascensión Tun es una novela que está concebida un poco como en escenas; no te sé decir si como escenas de teatro o como escenas de película, pero realmente tiene muchísima importancia el escenario en mi novela.
Gaceta: ¿Cuál de tus libros te gusta más?, ¿o te gustan todos?
SM: ... Son tan diferentes que no te sabría decir. Quizá para mí tenga una mayor satisfacción Ascensión Tun, porque fue una novela que trabajé muchísimo, que fue realmente invención ¿no? La novela está situada en un tiempo histórico concreto, en la península de Yucatán; en ella hablo de la guerra de castas, que fue una cuestión histórica. En este libro aparecen personajes históricos, pero sólo mencionados; todos los demás son personajes ficticios. Jugué un poco con ellos, al final hice algo así como desglosar a los personajes, haz de cuenta: “Fulano de tal nació en tal parte...”, hice como su ficha, como si yo hubiera sacado sus datos de la casa de beneficencia, como si hubieran sido personajes de carne y hueso. Muchos críticos y mucha gente dieron por hecho que los personajes eran reales.
Gaceta: Como escritora ¿te sientes diferente a los demás?
SM: No, me siento igual; siento que el oficio de escritor es como cualquier otro oficio. Y como mujer, me siento exactamente igual a las otras mujeres.
Gaceta: ¿Te arrepientes de alguno de tus libros?
SM: Hasta ahora, no.
Gaceta: ¿Cómo ves la literatura mexicana en 1983?
SM: Se están haciendo muchísimas cosas, no sé si más que antes o menos; la producción que ha habido este año ha sido bastante grande. Hay gente de mi generación que está trabajando bastante bien, te podría mencionar a María Luisa Puga, Miriam Moscona, Carmen Boullosa, Guillermo Samperio, Agustín Ramos... La producción en este año, a pesar de la reducción en las editoriales, ha sido abundante.
Gaceta: ¿Y la literatura latinoamericana?
SM: Hay magníficos escritores, decir nombres siempre ha sido horrible porque se te olvidan muchos, pero te puedo mencionar a Hernán Lavín Cerda, chileno, Mempo Giardinelli, argentino...
Gaceta: ¿Qué opinión te merecen el Premio Nobel de Literatura 1982 y 1983?
SM: Que se lo hayan dado a García Márquez me pareció muy bueno, sobre todo porque es un escritor latinoamericano. Que se lo hayan dado a Golding me desconcertó muchísimo, yo no había leído —y perdón por mi ignorancia— ni siquiera El señor de las moscas, y coincido con la opinión de muchos, de que mejor —si se lo iban a dar a un escritor inglés— se lo hubieran dado a Graham Greene. |