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Charlotte Broad, Teléfono descompuesto...
Texto leído en la presentación del libro de Silvia Molina Un hombre cerca (Cal y Arena, 1993), en la Facultad de Filosofía y letras de la unam el 2 de diciembre de 1993
AdrienneRich dice que si queremos cambiar las cosas, tenemos que vivir un continuo proceso de reeducación y repensamiento. Este proceso caracteriza cualquier obra orgánica que no se circunscribe a un solo modo de pensar, de escritura, de ideología. Toma la forma de una búsqueda por parte del escritor o la escritora, que, en el caso de Un hombre cerca, consiste en exponer los modelos, patrones y estereotipos que surgen en las relaciones entre hombre y mujer, entre amigas, y entre padre/madre e hija, todo con el fin de cuestionarlos y, aún más, de poner en tela de juicio la conciencia de la protagonista que los construye. Hay un enfrentamiento entre construcción y constructora, quien trata de encontrar la manera, como Magdalena en “La tormenta” “de echarse a caminar, no a correr, descalza y libre, por la orilla de alguna playa, pero no bajo una tormenta ni hasta el cansancio”.
Por medio del autodescubrimiento, Silvia Molina desafía a sus lectores a que muevan los modelos, patrones y estereotipos que nos presenta para examinar lo que podrían ocultar. Cuestionar la naturaleza del lenguaje, y la diferencia en él nos hace conscientes de que el relato no es un retrato fijo en una placa fotográfica; se mueve, se aferra a su vida propia y continuamente sorprende al curioso que lo estudia. Sacude con violencia prejuicios y preconcepciones, derrumba esquemas cómodos y fáciles. Se rompen así contratos y convenciones preestablecidas. Cuando una subjetividad ajena invade la nuestra, los conceptos con los que nos sentimos a gusto se resquebrajan en tanto que desafían esa sensación de coherencia existencial.
La tormenta interior es fundamental para la búsqueda en esta colección de relatos. Se trata de una tormenta que vibra y lucha por salir de la prisión de la memoria y del condicionamiento que nos impone nuestra propia historia individual. Si, hablo de nosotras, es porque el ojo y la voz son de mujeres, y presentan, por tanto, una perspectiva y un tono propios. Lo que, por un lado, Marilyn Frye llama, “una mirada de mujer” y, por el otro, Joyce Carol Oates señala como una de las diferencias de la escritura femenina y dentro de ella misma. Hablo aquí de la voz narrativa que se distingue de la voz de la protagonista, principalmente por el silencio de ésta. Rara vez tiene el valor de articular sus pensamientos y, por lo tanto, el énfasis narrativo se enfoca en el mundo interior de los personajes. Al observar su pasado desde la perspectiva del presente, éstos se encuentran en un conflicto a veces sin solución inmediata. En el pasado se sentían, como piensa la protagonista de “Domingo”, atrapadas “en un espacio de tedio”, un espacio donde el hombre es omnipresente y la ironía omni ausente. Aquí se crean los modelos, patrones y estereotipos que las narradoras ofrecen para nuestra contemplación, mientras que las protagonistas buscan escapar de su condicionamiento. La perspectiva del pasado confronta la del presente, subrayando así la lucha interior que a la vez resalta y llena el silencio, que contiene múltiples historias.
Mientras La protagonista especula sobra la ausencia de Alfonso en “Domingo”, Ella Fitzgerald canta “It's so nice to have a man around the house”. Cuando por fin llega, la protagonista nos informa: “No le pregunto dónde ha ido. Tiene derecho a su intimidad”. El mundo interior se vuelve un medio de comunicación; las protagonistas también tienen derecho a su intimidad. “Nightmare” o “La noche de Mara” construye, en toda su intensidad, el conflicto interior de la esposa traicionada. ¿Cómo escapar de la institución matrimonial y de los estereotipos —la mujer destructiva, por ejemplo— tal como están construidos en nuestra sociedad?, nos pregunta el cuento. ¿Por qué nos sentimos incapaces de enfrentar situaciones “desagradables” y “difíciles”? ¿Por qué tenemos tanto miedo de hablar y actuar de acuerdo con nuestras creencias? El enojo, si conduce a una conciencia de la situación y una búsqueda del cambio, nos ayudaría a tomar el primer paso, pero es necesario reconocer que sólo es un paso: se cambia el sueño de la inocencia del pasado por la pesadilla del presente en el proceso de autodescubrimiento. La figura del esposo desaparece del espejo: ¿se necesita la presencia de su imagen o ya puede la protagonista pasar por el espejo con el fin de emprender su búsqueda bajo sus propios términos? En “La tormenta”, el viento, la lluvia y la lucha interior subvierten y transgreden la calma de una relación estereotipada entre Magdalena y Javier, un hombre casado. Javier toma la decisión —adivinen— de divorciarse de su esposa para juntarse con Magdalena. Ella, en cambio, planea un viaje a Polonia con el propósito de quedarse allí: “Javier no comprendía. Le estaba ofreciendo vivir con ella, dejar a su mujer, cambiar su vida, sacrificar su gozo del hijo”. Es cierto: no comprende la situación de Magdalena, a quien ese hombre le ha invadido incluso su espacio íntimo. Lo que sobresale en este relato como respuesta al conflicto del momento es el sentido del humor. Si no podemos reírnos de nosotras mismas y de nuestras construcciones tan erróneas, andamos muy mal. Como dice Joyce Carol Oates en su reflexión sobre la escritura: “Un escritor puede sufrir de numerosos demonios reales o imaginarios, pero sólo la escritora sufre de su identidad esencial. ¿Cómo se puede acomodar esta paradoja?, se pregunta una, y algunas de las respuestas pueden ser con resistencia, con sentido del humor, con terquedad, con enojo, con esperanza.”
A lo largo de la colección hay una resistencia a llenar el espacio interior con un “bagaje” ajeno, que en “La tormenta” consiste en “un juego de pesas”, “una Sony con una videocasetera”, el propio retrato de Javier y “un aparato de discos compactos”: ¿posesiones del amante destinadas a ganar a la amante? Este bagaje proviene, obviamente, de las estructuras y la ideología patriarcales que solemos aceptar hasta que, como en el caso de “La tormenta”, llenan la sala y crean obstáculos tan obvios que tenemos que enfrentarlos. En “Hospital”, un relato clave de esta colección, la protagonista está cuidando a su padre moribundo en el hospital. Debido al desprecio que sentía por sus padres, había intentado rechazar el bagaje impuesto saliendo de su casa a temprana edad. En este momento su odio hacia el padre se centra en el cuerpo “que hostigaba a mamá para que sirviera y que tantas veces jugó con otras mujeres...”. Queda “presa de la ansiedad” al pensar que quizá tendrá que mirar el sexo de su padre y espera a su hermana Luisa quien lo ha cuidado durante años. El padre, quien rechazó a la protagonista cuando se marchó de casa, lo hace una vez más: no le pide el pato y orina en la cama. “Ni para eso sirves”, dice su hermana al llegar: las palabras de Luisa “me hundían y el sexo de mi padre profanaba con brutalidad los recuerdos de la adolescencia. Eso que para ella no era nada, para mí significaba todo. Me había quedado paralizada, muda”. El enfrentamiento con el falo y la falta de reconocimiento y el rechazo que conlleva la hace consciente de cómo el patriarcado ha condicionado su pasado y el significado del presente. No puede realizar ninguna acción, pronunciar ninguna palabra. Queda presa del silencio. Aquí se nota el dilema central de la mujer en cuanto al patriarcado y la persistencia de las oposiciones binarias en el discurso occidental: o permanece afuera como la protagonista, un ser consciente pero no reconocido, o adentro, como Luisa, una persona sumisa y servil.
Se han propuesto diversas alternativas a este impasse y en este contexto sólo mencionaré la más obvia para toda escritora. Virginia Woolf nos dice que como mujeres y escritoras debemos “think back through our Mathers”, si vamos a encontrar nuestra propia perspectiva y modo de expresión. En “Hospital”, la protagonista describe “la figura desvalida” de su madre: “quise la oportunidad de estar cerca de ella, de apretar con ternura una mano necesitada de cariño como la mía”. Quiere pedirle disculpas por haberla dejado sola. Había despreciado a su madre por haber aceptado a su padre, por su “pasividad” y por su “falta de estima por sí misma”. Mediante su viaje interior, la protagonista ha llegado a comprender tanto a su madre como sus propios problemas. El cuento termina con la pregunta que nos ataña a todas: ¿cómo nos va a atormentar la muerte del padre?
“Fantasmas”, el último cuento, se ubica principalmente en un mundo de mujeres. Los fantasmas del pasado —de la madre que abandona a la hija y de la abuela que la recoge y engaña— invaden el presente cuando la protagonista regresa a casa de la abuela con su hija Mariana y el novio para recoger “una máquina Singer de pedales”. A partir de la casa desmoronada y deshabitada construye su ficción de un pasado influido por mujeres: su abuela, madre, tías y sirvientas. Muy al estilo de las ancestras en la obra de Toni Morrison, la abuela Tona se queda en cama rodeada de penumbras y todo el mundo narrativo gira a su alrededor. Mariana hereda un pasado femenino a través del símbolo de la máquina de coser que quiere como antigüedad “para decorar la estancia”. Tal vez este destino sea preferible al de la madre cuando de chica se da cuenta de que puede volverse “aprendiz en un taller de corte y confección”, pero no puede olvidarse la importancia del bordado en el desarrollo del arte y la escritura femeninos. El acto de coser creó, como en “Everyday Use” de Alice Walker, lazos entre mujeres que, en el mejor de los casos, Mariana cambiará por otro tipo de vínculos femeninos.
Un hombre cerca queda sólo como título de la colección. La presencia de este hombre va disminuyendo conforme avanza la narrativa. En el último cuento, la protagonista crea en la figura de su tío una ficción del erudito, del escritor: “Cuando salgo a la terraza para ver pasar a Cirilo Valenzuela camino a Romita, veo la luz de la biblioteca del tío: estará escribiendo su artículo para el periódico o preparando su clase”. Todavía busca ella el secreto en las palabras del rosario “porque deben ser la llave de una puerta oculta que sólo en esa casa ... esconden. Una puerta donde guardan las ilusiones y la alegría que no se ven por ninguna parte”. Al fundir los dos presentes del relato —el de los recuerdos y el del presente— la musa masculina y el sentimiento de inferioridad de la creadora desaparecen: “Por fin me acerco a mi mamá: su sonrisa me alegra el alma”. La búsqueda de la madre perdida, devaluada, malentendida ha concluido por el momento. En el juego espacial y temporal de las palabras y las imágenes fantasmagóricas que producen, la protagonista, la narradora y la autora encuentran la puerta oculta, escondida por la ficción suprema de la autoridad de la autoría.
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