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Dey, Teresa, “Silvia Molina: Mi familia y la bella durmiente cien años después”, Sábado, núm. 874, 2 de julio de 1994.
En la búsqueda de un regalo para Julienne, mi sobrina, me sumergí en una tienda de juguetes. Entre robots que se convierten en aviones Y naves espaciales; ejércitos de mutantes provistos de un armamento que haría palidecer de envidia...
...a los creadores del proyecto Guerra de las Galaxias en Washington; encontré muñecas que lloran, otras que comen, algunas que caminan y hasta tienen bebés, las rockeras con todo su guardarropa y Ken, el galán; una perra que guarda cachorritos en el vientre, un dinosaurio que llora como bebé; aspiradoras, muebles de cocina, pequeñas licuadoras y otras “maravillas electrónicas” que determinan de manera lúdica comportamientos futuros. Distraída entré en una librería, supongo que de forma inconsciente quería exorcisar esos monstruos de la tecnología. Y allí estaba, como tendiéndome los brazos el regalo ideal: un hermoso libro lleno de colorido e imágenes suaves y armoniosas que retratan a un rey que lee una carta rodeado por su reina, una princesa y el príncipe, además de una viejecita en actitud de quien quiere escuchar pero no puede. A la izquierda del rey se encuentra un cartero y más atrás se acercan, cruzando los setos, una pareja de niños uniformados. Una elegante gata blanca observa la escena desde la balaustrada. Las ilustraciones de Susana Martínez Ostos me sedujeron y comencé a hojear Mi Familia y La Bella Durmiente cien años después, las guardas me invitaron a recorrer el castillo y perderme en el laberinto de arbustos, todos los palacios respetables tienen uno, y éste, al ser el de la Bella Durmiente, con mayor rozón. Al leer, me sorprendió la descripción sencilla pero misteriosa de un hombre que “usa uniforme y no es soldado, anda en motocicleta y no es oficial de tránsito, toca las campanas y los timbres de las casas y no es vendedor ambulante”, se trata de Simón, el cartero, padre de María, la pequeña de 11 anos que narra el cuento. Simón le escribe postales en clave a su hija. En la página siguiente aparece un sobre rotulado: Niña Curiosa, y dentro hay una tarjetita para que los pequeños lectores descifren el mensaje. Marta habla de su mamá que es costurera; de su abuela Lola que está viejita pero no le duele nada; de su hermano Paco, un niño travieso tres años menor que ella y de su tío José, el escritor, quien les cuenta cuentos y juega con ellos, los acompaña por los senderos de la fantasía. José le envió a María, para su cumpleaños, el cuento de la Bella Durmiente para iluminar, pequeñito, como de juguete, y María complacida lo comparte con sus amiguitos lectores, así, en otro sobre, encontramos el librito. María es aprendiz de escritora y sufre con las matemáticas porque en la escuela nunca hacen problemas que “pasen en la vida real”, sin embargo, aplicadas a los cuentos le resultan divertidas. A María tampoco le gusta hacer la tarea, pero su tío José promete contarle lo que le pasó a La Bella Durmiente cuando despertó. Desde luego María no puede esperar y José la invita a imaginar y escribir el cuento a partir del despertar de la princesa. María se queda dormida y sueña un divertido desenlace donde se mezcla a su familia con los personajes del cuento quienes reciben algunas cartas que los lectores podemos encontrar en sus respectivos sobres.
Silvia Molina crea con María un personaje encantador, una niña inocente y creativa sana, desprovista de violencia, que anima a soñar. Mi Familia y La Bella Durmiente cien años después es un libro objeto lleno de sorpresas que alientan esa deliciosa característica de la infancia: la imaginación. Y yo, como el tío José, quiero que Julienne conserve ese tesoro.
Mi Familia y La Bella Durmiente cien altos después. Texto de Silvia Molina, ilustraciones de Susana Martínez Ostos, Ediciones Corunda, México, 1953. 46 pp. |