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Mi familia y la Bella Durmiente cien años después El cuento favorito de María es La Bella Durmiente, y el tío |
| Prieto, Francisco: El amor que me juraste, de Silvia Molina |
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Prieto, Francisco, Uno más uno, sec. cul., 2 de Silvia Molina ha publicado una nueva novela. Silvia Molina, desde hace un buen número de años, desde La mañana debe seguir gris, nos ha venido entregando, cada dos o tres años, una nueva novela. Ha venido, por tanto, construyendo una obra, su obra. Es posible, por tanto, hablar, del mundo de Silvia Molina lo que nos pone, en rigor, ante una autora. No es Silvia Molina de esos escritores que hacen un libro magnífico, y luego otro de la misma excelencia pero totalmente distinto. Entrar en una nueva novela de Silvia Molina es regresar a un mundo que ya conocemos, que nos gusta, para plantearnos, dentro de ese mundo, nuevas realidades. El amor que me juraste (Joaquín Mortiz, 1998) es la novela de una mujer madura en ese momento crucial en que luego de que su vida conociera una ruptura que la llevara a amores clandestinos por un afán de aferrarse a la existencia, de no resignarse a parasitar una vida sin relieves, regresa, abandonada, consciente, sin embargo, de que nunca había dejado de querer a su marido, al punto que precipitó la ruptura, o sea, a la necesidad de un sentido para la vida, de no arrastrar ésta como una carga más o menos amables, pero, al fin, algo que se arrastra. Entonces, como el naufragio que se aferra al madero, la protagonista va a la ciudad de sus padres para poner orden en su existencia, en busca de un proyecto, una perspectiva... La protagonista se mete en sí misma, busca impregnarse de un mundo que por razones extrañas que nunca le importaron mayormente, sus padres le negaron, como uno de esos pretextos que en los niños se resuelve en los juegos en los que ordenan lo que les gusta y lo que les disgusta, lo que les da calor y lo que les produce terror, por una necesidad radical de exorcizar el mal, de salvar su vida. Uno de los logros de El amor que me juraste es el tono mesurado, con una rebeldía domada y dirigida, de la mujer normal, a quien no han sucedido cosas extraordinarias, cando ha llegado a ese momento en que tiene que disponerse a emprender la última, larga vuelta del camino para defenderse de la vejez, del aburrimiento, de la depresión y la enfermedad. El libro nos mete, materialmente, en el interior de esa mujer y vamos resintiendo el entorno tropical y las gentes con quienes va estableciendo relación el personaje, de modo que no solamente experimentamos la intimidad de éste, sino esa No, la última novela de Silvia Molina recoge la experiencia poética de un momento en que es necesario comprender, salir de sí, dejarse invadir por el sinnúmero de experiencias que —sin darse cuenta— ha vivido cualquier ser humano. Entonces no se está para perdonar, ni siquiera para definir qué se hará el resto de la vida, sino para prepararse para asumir la vida de una manera distinta, con una poética distinta, o asumir el fracaso y buscar fuerzas para desaparecer. Seguramente, por eso, la autora se niega a que su personaje abra todos sus secretos. Ella fraguó en el silencio su ruptura, como luego la necesidad de meterse en su dolor y de reconstruir su vida. Entonces, cando se ha dado cuenta de que, a pesar de todo, quiere vivir, se ha despojado de la necesidad de una confesión exhaustiva que, por rotunda, no podría conducir sino al vaciamiento de sí. Porque está inmensamente viva, Marcela ha escrito: “Creo que aprendí la lección; por eso, las páginas que siguen están en blanco, llenas de silencio e intimidad”. |


