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La obra de la narradora, ensayista y editora (1946) ha sido distinguida con el Premio Xavier Villaurrutia 1977, por La mañana debe seguir gris ; el Premio Nacional de Literatura Juan de la Cabada 1992, por Mi familia y la Bella Durmiente cien años después; el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 1998, de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, por El amor que me juraste y el Premio Leer es Vivir 1999, de Editorial Everest en España, por Quiero ser la que seré, entre otros. Nominada para The Dublin Award, 2001, auspiciado por IMPAC en cooperación con las bibliotecas de Dublín, Irlanda, por la traducción de El amor que me juraste. Algunas de sus obras han sido traducidas a varios idiomas. Apenas iniciando 2004 deja Bruselas, después de tres años de estar como agregada cultural, para hacerse cargo del Centro Nacional de Información y Promoción de la Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA).
Es un placer leer su novela El amor que me juraste (México: Mortiz, 1998), acompañar a la apesadumbrada narradora al viaje que realiza al lugar de origen familiar huyendo de una decepción amorosa:
Estaba en San Lázaro porque se me ocurrió que era un refugio al que podía huir, porque necesitaba estar lejos, alejarme de esta Ciudad de México, la cómplice que nos había encubierto, para comprender lo que había hecho de mi vida, para evocar y conjurar mis errores y tomar una decisión. Necesitaba valor para aceptar no sólo el rompimiento, sino sentir mi vanidad lastimada. Huir, aunque me sirvió, fue un pretexto tonto, lo reconozco, porque como mi papá le dijo un día a Alberto, mi hermano: -Dondequiera que vayas, vas a encontrar una cucaracha. (...) San Lázaro era una escala más en mi camino a Ítaca.
San Lázaro es una tierra desconocida para ella hasta ese momento, ahí se encuentran sepultados sus precursores que llegaron un día de España enamorándose del puerto y ahí se quedaron.
El viaje de la protagonista no sólo es para conocer el puerto y la búsqueda de sus antepasados, también anhela quedarse recostada "hasta muy tarde analizando los recuerdos" plasmados no solo en la memoria sino en esas cartas, más de treinta, escritas por Eduardo con la tinta negra de su Mont Blanc, que "resumían dos historias y, sobre todo, un buen engaño, una mentira, una defensa, una imposibilidad para ser feliz". Aunque hasta aquí podemos imaginar que la novela es una descripción del dolor, las quejas, las culpas (propias y ajenas) de una mujer en crisis por ese amor fallido, no es así. Tocamos especialmente ese poder que tiene la sociocultura en nuestra toma de decisiones llegando muchas veces a causar angustia y afectando nuestra individualidad como personas y provocando, como una de sus consecuencias, la soledad. Pero es importante, si esto no tiene solución y la cultura es más fuerte, qué se decide, si se asume la soledad que no sea una soledad lastimosa, sino una soledad que permita ir descubriendo lo propio, no lo dado ni impuesto, y que consienta caminar en y con libertad.
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