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Mi familia y la Bella Durmiente cien años después El cuento favorito de María es La Bella Durmiente, y el tío |
| Juárez, Saúl: Al escribirlo lo dibuja. Imagen de Héctor |
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Juárez, Saúl “Al escribirlo lo dibuja” La jornada semanal, s/f
Va surgiendo, aparece lentamente, a cada capítulo salta un nuevo dato, una referencia útil para ubicarlo en su espacio a Héctor Pérez Martínez se nos revela al ritmo que dicta su Hija Menor, así, con mayúsculas, como si fuera más que una condición, un nombre.
Ella indaga, pregunta obsesivamente por ese hombre que apenas conoció. Héctor es el padre, pero es también —y no por ese hecho— un símbolo, casi un mito. Conforme a la cadencia en la que la novela avanza, el padre deja de ser un amasijo de percepciones y de imágenes para ir tomando un cuerpo concreto y abandonar así su situación de ser, a los ojos de la Hija, sólo un retrato hablado, para presentarse primero como escritor y periodista, después como político consumado. Y con él aparece la infancia de ella, sus recuerdos de familia con institutriz inglesa y todo, los viajes que la niña hacía al novedoso mundo de una ciudad amurallada. Pero también sube a escena un país y una época, porque Héctor fue gobernador campechano con el general Ávila Camacho y ministro en el gabinete de Miguel Alemán. Enemigo de Uruchurtu y biógrafo de Juárez, sería un hombre público preocupado y angustiado en ocasiones por el papel que le tocaba desempeñar en aquellos años de México; un personaje que por momentos podría escaparse de su biografía para habitar en una novela de Carlos Fuentes. A su muerte, Héctor fue el padre al que se le levanta un último e invisible mausoleo necesario para mantenerlo vivo, como si la familia fuera capaz ya no de separarse, aunque fuera un momento, de su recuerdo, sino de escapar por un minuto a su presencia. La Hija Menor habrá de crecer en esa atmósfera enrarecida. Con los años surge la necesidad de buscarlo, de bucear en la biblioteca del propio Héctor para encontrar las pistas, los guiños que una carta o un diario pudieran arrojar para descubrirlo, para desterrar esa figura patriarcal que tienen los muertos que en vida fueron ejemplo. Solamente sabiendo quién fue Héctor podría la Hija Menor matarlo. Porque ella tejía y destejía ya no aguardándolo, sino corriendo a su encuentro, aunque el camino fuera, por muchos motivos, riesgoso: “A veces, incluso, la Hija Menor renunció al intento asustada de acercarse a un hombre que no esperaba, paralizada ante la posibilidad de romper los mitos con verdades demasiado crudas”. Porque Héctor bien podría haber sido como los políticos de entonces y de ahora, porque ella tal vez se atormentara al conocer los motivos que llevaron a su padre a cambiar la literatura por el poder, porque además podría derrumbarse esa figura de padre recto y político honesto. El riesgo ahí estaba. Como también latía aquel otro de que la Hija Menor igual se convirtiera, al cabo, en otra viuda de Héctor, una vez que lograra ubicarlo y hacerlo real en su afán de olvidarlo. Así, el libro de Molina es una suerte de exorcismo. Se corrobora que la literatura sirve para ahuyentar fantasmas pero, de igual manera y en el mismo acto, se convoca sirve irremisiblemente a otros. Al hacer sus notas, la Hija Menor lo sabe: “En realidad, no sólo es la de mi padre sino mi propia búsqueda, creo, la que me mueve a encontrarlo, a quitarme su peso de encima”. Es cierto, cuanto más se materializa Héctor más crece la figura de ella. La vemos moverse a la sombra de su búsqueda. Es una mujer que intenta y logra alejarse, más que de su familia, de lo que ésta representa. Y para ello, por fortuna, la autora no recurrió al drama de aires psicoanalíticos que hubiera empobrecido, por hacerlo demasiado evidente, el nudo que sustenta a la novela. Al contrario, el libro no pierde peso por ir surgiendo casi con naturalidad. El conflicto no requiere de sangre o de ropajes desgarrados, se construye ladrillo a ladrillo, o mejor, se dibuja trazo a trazo con delicadeza sin por ello perder su complejidad. Mucho ayudan personajes como la abuela campechana que se acomoda entre la suave brisa de un mar tranquilo y el vaivén de una hamaca en el fresco. Ahí está la inglesa que seguramente le simpatizaría a Dickens. Y, al centro, la Hija Menor que después perseguiría testimonios de su padre en la pluma de Abreu Gómez, en las pláticas de Fernando Benítez, Alí Chumacero o Antonio Magaña Esquivel. Por fuera un lento y casi enfermizo trabajo de investigación para rastrear los pasos de Héctor; por dentro una lucha consigo misma y con la tela de araña en la que se movía la imagen del padre. Difícil concluir si, al final, la Hija logra desprenderse del fardo que en la feria le tocó cargar. Lo importante en este caso fue la búsqueda, el hallazgo es relativo y toca al lector dilucidarlo. Quedan en 159 páginas un retrato vivo de Héctor, una fotografía reveladora y exacta de una época del país, una certera acuarela de Campeche, un añoso álbum de familia, algunas viñetas de la ciudad de México, un autorretrato de la Hija Menor, Silvia Molina, y una novela disfrutable por su construcción, por una consistencia en donde las palabras forman siempre imágenes que cambian de textura y de colores de acuerdo con lo que reclame la situación. Como si Silvia hubiera preferido, en esta ocasión, ir dibujando y pintando mientras escribía. |


