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Cárdenas, Noé, “Inventar un padre”, El semanario cultural de Novedades, sec. ficción, 1991.
Se trata de un libro híbrido, a medio camino entre la biografía novelada y el relato memorioso, cuyos fines no consienten cuajar en ninguna de estas dos direcciones.
De hecho, formalmente el libro se divide en dos partes, además de una introducción y un epílogo: la primera parte consiste en rememorar pasajes de infancia, y la segunda en reconstruir testimonialmente la figura de un personaje caro a la autora, quien, con el objeto de lograr una mejor manipulación literaria de sus afectos con respecto a su padre, elige contar la historia a través de una voz narradora en tercera persona: conciencia y voz que saben todo acerca de la protagonista —niña en la primera parte y mujer en la segunda—, la cual es la que, dentro del planteamiento novelesco, anhela forjarse una imagen del padre que prácticamente no conoció.
Así pues, el motivo de la historia es completar, mediante la elaboración literaria, la figura de un personaje entrañable con el fin de exorcizar al fantasma —el padre ausente— que acosaba a la protagonista desde niña. Esta tenía un año cuando el padre murió. Sin embargo, gracias a la constante evocación, por boca de los mayores, su presencia no menguó en la vida cotidiana de la familia. El hecho de que el padre ausente sea el centro en torno del cual gira el relato, se manifiesta desde la forma con la que la voz narradora se refiere a los personajes, quienes a pesar de poseer nombres propios, son llamados según la relación familiar que tienen respecto a Héctor —que así se llama el padre—; la protagonista será la “Hija Menor” y sus hermanos los “Hijos Mayores”; aparecen la “Esposa de Héctor” y la “Hermana Mayor”, etc.
No es este libro una biografía de Héctor Pérez Martínez —escritor y político mexicano porque su vida y su obra son abordadas en sesgo; pasadas primero por la criba del sentir y el pensar de un personaje literario: la “Hija Menor”. Ella buscará a Héctor a través de los libros que éste leía y los que dejó escritos; de su correspondencia y diarios personales; de los testimonios tanto de otros miembros de la familia, como de los allegados; buscará a Héctor hasta en las declaraciones de los enemigos políticos que éste se echó encima. Relato memorioso puro tampoco es esta novela porque la voz narradora suspende la evocación nostálgica de pasajes infantiles para enumerar los resultados de las pesquisas reporteriles de la Hija Menor en su afán por imaginar a Héctor.
Como en La familia vino del norte, la anterior novela de Silvia Molina, en Imagen de Héctor también confluyen dos intereses: una historia de amor —en este caso: la necesidad de amar a un padre ausente— y una indagación acerca del tejemaneje de la política mexicana. La Hija Menor intenta fijar una imagen de Héctor más con el fin de conocerse a sí misma que para satisfacer una necesidad histórica. Dice la voz narradora: “...1a figura borrosa de Héctor había sido para ella una cuenta pendiente. Creía que sólo dibujándola comenzaría a conocerse a sí misma, se sentiría liberada”. Y más adelante la Hija Menor afirma: “Yo no puedo asumir al padre que me tocó mientras no dé con él, por eso trato de reconstruirlo”. Esta reconstrucción consiste en asumir a Héctor como padre, como escritor y como político. Como padre, la Hija Menor nunca encontrará a Héctor, pues esa palabra carece de referente para ella. En este sentido su búsqueda resulta interminable. La Hija Menor utiliza la palabra padre con la misma extrañeza que siente al observar un retrato antiguo de un familiar en el que sólo muy forzadamente se reconoce. Esta sensación de despojamiento perdura a lo largo del relato.
La Hija Menor manifiesta veneración hacia el Héctor escritor, quien publicó novelas, poesía y ensayos biográficos, como el célebre Cuauhtémoc. A este Héctor sí logra asumirlo la Hija Menor, de hecho ésta extrae de algunos de sus libros el perfil psicológico y moral de aquél. La faceta de político —Héctor Pérez Martínez llegó a ser gobernador de Campeche y secretario de Gobernación— es abordada por la Hija Menor a partir de la reconstrucción de pasajes clave basados en testimonios orales y escritos. A mi modo de ver, la novela decae cuando, al iniciar la segunda parte, la autora se desvía de las evocaciones de infancia de la Hija Menor —la institutriz inglesa, Campeche, la abuela, los baúles cercados— para dedicarse a la reconstrucción de los itinerarios políticos de Héctor, el cual, como figura novelesca, no alcanza la fuerza suficiente como para llegar a ser memorable. |