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Mi familia y la Bella Durmiente cien años después El cuento favorito de María es La Bella Durmiente, y el tío |
| Trejo Fuentes, Ignacio: La familia vino del norte |
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Trejo Fuentes, Ignacio “La familia vino del norte, de Silvia Molina” Suplemento unomásuno, sábado, núm. 506 13 de junio de 1987, p. 10.
La familia vino del norte, de Silvia Molina, es por muchas razones la mejor de sus tres novelas. Una principal, es que la autora consigue dominar el difícil arte de la sencillez: la obra está narrada con un lenguaje y apoyada en una estructura que dan, en un primer momento; la ilusión de una facilidad extrema; pero siguiendo los mecanismos de construcción con algún cuidado, llegamos a descubrir que detrás de esa apariencia hay una carga de habilidad narrativa que desvanece aquella idea. Es posible que la historia contada en La familia... contenga muchos rasgos autobiográficos de Molina; no obstante, su factura es tan correcta que nos inmiscuye en el interés por las anécdotas en forma definitiva: esto es, mediante recursos apropiados trasciende lo particular y llega a niveles amplios de captación de interés. Creo que esto es resultado, entre otras cosas, del hecho de que no es Silvia Molina quien cuenta la historia, sino Dorotea Leyva, quien averigua en la biografía de su abuelo (un general revolucionario que no figura en los libros de historia pero quien tuvo una relevante participación en los hechos armados y en la secuela conocida como posrevolución) para echar luz sobre hechos que imagina importantes (como el envenenamiento de Benjamín Hill en el que, según un periodista/amante de la nieta, el abuelo tuvo mucho que ver). De ese modo, las averiguaciones de Dorotea nos ubican en los tiempos de la Revolución, pero no con los matices mitificadores que suelen hallarse en los novelistas de ese corte (excepción hecha de Ibargüengoitia, por supuesto), sino que nos enfrenta a seres “vivos”, de carne y hueso, falibles, es decir humanos. Y ese carácter, fusionado al atractivo de las subhistorias en que aquellos hombres se involucran (traiciones, golpes bajos, intrigas, etcétera, puestas al servicio de su lucha por el poder), hacen de la obra una entidad del todo interesente. Pero hay más: el binomio temático vida del general/pesquisas de Dorotea arroja una tercera historia, acaso la más importante: siguiendo el primer nivel, percibimos el desamparo que aqueja a la protagonista; su enorme soledad, resultado de la incomunicación interfamiliar; llegamos a pensar que el aferramiento a la imagen del abuelo no es sino el propósito de asirse a un vinculo efectivo que la realidad le escamotea. Ella ha sido víctima de imposiciones y maniqueísmos en muchos niveles y decide mandar todo al diablo (familia, seguridad, convencionalismos...) y buscar la autorrealización. Y aunque no estoy seguro de que esa ruptura la conduzca a la felicidad, el simple hecho de pretenderla hace de ella un personaje sobresaliente y auténtico y simpático y novedoso, sobre todo porque no se incurre en la cursilería, ni en posturas ideológicas (feministas, por ejemplo) radicales; si éstas se dan de alguna manera, aparecen tan sólo sugeridas. E insisto: durante la lectura debe tenerse en cuenta la distancia existente entre la narradora (Dorotea) y la novelista (Silvia Molina), porque de otro modo puede caerse en una especie de trampa que la sagacidad literaria de la autora pone a quienes leen con poca atención y en consecuencia se pierden (o pasan inadvertidos) algunos de sus mejores logros. Por último, quiero llamar la atención hacia la estructura de la novela: es (también en apariencia) lineal, convencional; pero siguiendo los movimientos en el tiempo y en el espacio, que se dan sin fisuras, con una naturalidad impecable, sin alterar el ritmo de la acción sino, al contrario, elevándolo, vemos que esa facilidad es asimismo un magnífico espejismo. Silvia Molina, La familia vino del norte, Ed. Océano, México, 1987, 159 pp, |


