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Mi familia y la Bella Durmiente cien años después El cuento favorito de María es La Bella Durmiente, y el tío |
| Torres, Vicente Francisco: La familia vino del norte |
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Torres, Vicente Francisco “La familia vino del norte, de Silvia Molina”, Sábado, núm. 505, 6 de junio de 1987, p. 10.
En 1980, la revista Proceso editó La sombra de Serrano, un libro que aborda un hecho largamente silenciado por el gobierno y la historia oficial: la matanza de Huitzilac, ocurrida el tres de octubre de 1927. Este crimen, que, como dijeron Francisco y Federico Serrano “inauguró la etapa de la violencia institucionalizada del régimen de la Revolución”, sería la materia prima para la elaboración de esa gran novela que es La sombra del caudillo. Más tarde, la figura de Francisco R. Serrano, quien murió asesinado por callistas para que Obregón subiera a la presidencia otra vez, sería retomada por una de las novelas fundamentales de los ‘80: La difícil costumbre de estar lejos. En La familia vino del norte, Silvia Molina utiliza algunos hechos históricos para crear una ficción que marcha sobre dos rieles: la historia de la familia revolucionaria (los caudillos que llegaron del norte) y la historia de la familia que encabeza el general Teodoro Leyva. La narración sale de la pluma de Dorotea Leyva —nieta de Teodoro—, quien atraviesa por una crisis de valores, pues no desea heredar los privilegios burgueses que te dejó la revolución a través del abuelo y, además, se encuentra de pronto con dos fracasos sentimentales en las manos: su novio tuvo que casarse porque embarazó a otra muchacha y, el romance que estableció después con un periodista, terminó descorazonadoramente cuando, traicionándola, éste publicó, bajo el título de “El camino de Texcoco, 1927”, las investigaciones que durante largos años Dorotea había hecho sobre su abuelo. A ella le intrigaba un largo periodo en que Teodoro Leyva había permanecido oculto en el sótano de su casa. Según Dorotea, la historia no registraba el nombre de su abuelo a pesar de haber trabajado junto a Benjamín Hill, Calles y Obregón, pero en La sombra de Serrano José Emilio Pacheco señalaba un acontecimiento difícil de aclarar y que es, precisamente, lo que se pretende iluminar en la novela de Silvia Molina. Decía Pacheco: “Nunca se sabrá por qué en vez de apresar a Amaro e irse con sus fuerzas a Chapultepec, (Héctor Ignacio). Almada toma el camino de Texcoco —no el de Cuernavaca— para. reunirse con (Arnulfo R.) Gómez en Perote.” En medio de su crisis sentimental, de clase y hasta profesional, Dorotea Leyva viene a descubrir que a su abuelo le dieron el pitazo de que la conspiración antirreleccionista había fracasado y, entes de luchar —en un pronunciamiento que el mismo Pacheco ha calificado como obra maestra de ineptitud (... ) indigna de un país experto en cuartelazos como el nuestro”—, decide refugiarse, primero en Veracruz y luego en el sótano de su casa, hasta que Portes Gil le asegura la vida y, ya en el mandato de Lázaro Cárdenas, la familia revolucionaria vuelve a acogerlo en su seno y le da nuevamente puestos de confianza. Esta es, quizá, la reflexión más importante que Dorotea, ya heredera millonaria, se hace al final de su relato: “Durante mucho tiempo, la rebelión de Serrano fue tabú para las dos familias. ¡Y quién lo dijera! Saber por qué estuvo escondido el abuelo, por qué en la familia se callan las cosas o se miente, por qué Teodoro Leyva terminó siendo al final de su vida lo que salió a combatir en 1910, me lleva, inevitablemente, a preguntarme quién soy, puesto que formo parte de esa realidad.” Son varios los aciertos de La familia vino del norte: el arrojo —y los espléndidos resultados literarios y de elaboración histórica— para abordar un tema magistralmente tratado por Martín Luis Guzmán y José María Pérez Gay: el plácido relato de las contradicciones de Dorotea (que en ningún momento cae en el hembrismo, esa reacción fácil que tan flaco favor le hace a las nuevas narradoras), su tono tan poco pretencioso, tan sencillo, que a veces parece que sólo estamos leyendo una historia de amor; y su pericia para jugar con la ambigüedad de la familia (la revolucionaria y la de Dorotea). Cuando en su momento me ocupé de 70 veces 7, dije que hoy la novela épica no se escribe porque no vivimos momentos de convulsión ni de grandes sucesos. Obras como Gringo viejo, Otilia Rauda y La familia vino del norte, muestran que, aun hablando de la revolución, ya no se exaltan los heroísmos ni las traiciones; ahora los artistas reflexionan, interpretan, relacionan, explican o muestran nuestra historia con sus errores; con sus aspectos humanos y hasta cómicos, tal como nos enseñó Jorge Ibargüengoitia a mirar los grandes acontecimientos. Si bien en nuestras letras más recientes hay escritores que desde un principio enseñaron el cobre —Jesús Gardea, Luis Arturo, Ramos, Hernán Lara, entre ellos—, otros titubearon o dejaron ver altibajos. Creo que Silvia Molina estuvo en el segundo grupo, con La mañana debe seguir gris y Ascensión Tun, pero luego de Lides de estaño y de La familia vino del norte, ya no hay duda. Silvia Molina no ha defraudado a sus lectores, pues perseveró y consolidó las dotes que ya había mostrado. Silvia Molina, La familia vino del norte, Ediciones Océano, México, 1987, 159 pp. |


