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Mi familia y la Bella Durmiente cien años después El cuento favorito de María es La Bella Durmiente, y el tío |
| Puga, María Luisa: La familia vino del norte |
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Puga, María Luisa “La familia vino del Norte” El universal, 3 de julio de 1987
Con La mañana debe seguir gris, Silvia Molina se presenta en las letras mexicanas. Su irrupción es quieta, tímida, pero impactante. La historia que cuenta es sencillamente brutal. Más brutal la hace el tono callado, discreto, cuidadoso de Silvia. Un tono que ha hecho que de Silvia se diga, antes que nada, que es tímida. Lo que relata en el libro, no obstante, no tiene nada de timidez. Son hechos violentos que le llegan a su regazo de niña modosita y que ella,, en lugar de exhalar los consabidos grititos de alarma, acepta y con valor reorganiza en una historia ecuánime y dura. Fue por esa época más o menos cuando conocí a Silvia en un congreso de escritoras. Muchas escritoras juntas es una experiencia que no fácilmente se olvida. Son vociferantes; pisan fuerte; miran fulminantemente. Afirman co... (¿?) la menor oportunidad. Saben distinguir entre el bien y el mal. Son, en resumen, temibles. Creo que en esa ocasión mi propia timidez era comparable a la de Silvia y a lo mejor por eso nos unimos. Aunque también puede haber sido porque ambas vivíamos por el sur, o porque Elena Poniatowska nos presentó y no nos despegábamos de ella un minuto. A partir de entonces, en todo caso, nos comenzamos a tratar. Nos reuníamos para escribir y leer igual que en la secundaria uno se va a casa de las amigas a hacer la tarea. Cada cual la suya, naturalmente, pero juntas preparábamos ponencias, presentaciones, cuentos. Juntas participábamos en programas de lectura del issste, nos presentábamos en universidades, acudíamos a maratones de lecturas en provincia. Casi llegamos a desarrollar un dúo al estilo de las hermanitas Navarro: improvisábamos, y cuando a una se le acababa la cuerda, con un gesto discreto le pasaba la palabra a la otra. Cada cual entre tanto iba escribiendo sus libros. Salía uno de ella, salía uno mío, con un ritmo bastante regular, y en esto de las presentaciones nos hemos acompañado invariablemente. Le toca, pues, a ella. Es siempre misterioso leer el libro de un amigo tan cercano. ¿Cómo le hace para saber tanta cosa? ¿A qué hora hizo tanta investigación? ¿Por qué nunca me di cuenta de que le interesaban estos temas? ¿Quién le enseñó a escribir tan bien? Y de pronto entiendo que lo que estoy percibiendo a medida que leo La familia vino del norte es la escritura de Silvia, no Silvia. Es ese mismo tono tímido y ferozmente valiente de La mañana debe seguir gris. Un tono que ahora es más seguro, más osado, más maduro, pero que conserva su sencillez, su pudor, su cuidado. Silvia quiere contar historias por el mero placer de compartirlas, no para rendir cuentas a nadie, ni impresionar, apabullar o hacerse admirable, de ahí su esmero por ser clara, por evitar cualquier malentendido, cualquier alusión que pueda salirse de la historia. En esta ocasión es la historia de un general de la Revolución- Un personaje oscurecido por la historia oficial que ella rescata para darle su exacto relieve, pero simultáneamente es también la otra historia, esa que todo escritor lleva inevitablemente consigo: la historia de cómo cada cual va forjando su visión del mundo, su autonomía, su capacidad de crítica. ¿Cómo es la de Silvia? Aquella que vimos despertar en su primer libro. Es tímida, no cabe la menor duda, pero es determinada, es ecuánime. Silvia ha aprendido a vivir con su timidez. A usarla como un ritmo de acercamiento a las cosas. Un ritmo paulatino, pero en el que no caben vacilaciones ni rodeos. Es así como avanzamos en la lectura de su libro y como nos vamos percatando de los procesos de conquista de la escritora y de la protagonista. Quedamente, con mucha precaución, aunque de manera irreversible, se dan los pasos que se tienen que dar. El entretejimiento de los distintos planos que hay en la novela: la historia del general, la historia de Manuel, la historia de la familia de la protagonista, la historia de su emancipación, está sostenida por una determinación narrativa: hay que hacerlo. Y cuando se llega al final del libro, además de las historias que nos han sido relatadas, hay algo más que queda en la conciencia; algo que se fue erigiendo casi imperceptiblemente: el valor de la timidez. A ese valor pertenece el lenguaje del libro que, por sencillo es duro, por pudoroso es directo, por cariñoso es realista. En este punto vuelvo a escuchar, a ver a Silvia y caigo en la cuenta de que su escritura es como ella o viceversa. Que su manera de ser amiga es también así, su manera de ser esposa, de ser madre. Las historias que nos cuenta no están nunca maquilladas con artificio alguno. Son una expresión justa del punto en el que se encuentra la autora. Avanzan al mismo tiempo que ella. No mienten, no exageran. Como Silvia, son quietas, tímidas pero certeras. Duras con una dureza que alivia al interlocutor, al lector. Una dureza humana que nos permite saber que no estamos solos en este enojoso asunto de vivir. |


