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Cohen, Sandro, “La familia vino del norte, de Silvia Molina”, Sábado, núm. 531, 5 de diciembre de 1987, p. 14.
En la novela más reciente de Silvia Molina, La familia vino del norte, parece tejerse una clásica trama doble: amor y política. Por un lado se cuenta la historia oculta del general revolucionario Teodoro Leyva —del porqué de su encierro durante aproximadamente un año en un sótano—, y por otro se narran los altibajos amorosos de la nieta del general y un periodista llamado Manuel.
En realidad, ninguna de estas dos tramas reviste mayor importancia. La relación amorosa entre la nieta del general y el periodista no ofrece giros novedosos, nada que llame la atención del lector; de hecho, la novelista lleva la narración en un tono tan menor, tan matter of fact, que resulta sospechosa: tal vez lo que estamos leyendo en la superficie no es lo que debemos entender.
La historia política del militar; por otra parte, tiene el sabor de un déjà vu mil veces repetido en la historia mexicana de una u otra forma; aún suponiendo que este general realmente fue ninguneado de manera injusta por la Revolución y por la Historia, y que había que reivindicarlo para las mismas; ¿en qué se altera el fondo de lo que ya sabemos del tristemente célebre historial de traiciones que subrayan la historia de nuestro país a partir del sacrificio de Madero y Pino Suárez? Y más todavía: ¿Si esta historia es fundamental para comprender el proceso revolucionario y a la nación, por qué se cuenta tan parcamente? ¿Por qué la novelista elige una posición tan distanciada de su objeto, estando en realidad tan cerca?
Creo que la respuesta está en que no se trata de la famosa trama doble que la novela aparenta. Me parece que, en el fondo, La familia vino del norte no busca esclarecer los hoyos negros de la Revolución; tampoco pretende ser una gran historia de amor. Pero si vemos estos dos aspectos de la novela como dos vértices de un triángulo, el tercero reviste de sentido a los primeros dos.
La novela empieza con un epígrafe de Boris Pilniak que habla de los escritores como zorros, es decir, como traidores por excelencia. El tercer vértice del triángulo, el que completa el circuito y le da relieve, es la traición que hundió y que —a la postre— transformó al general Leyva; la traición que minó el amor entre Dorotea —la nieta— y Manuel. De hecho, La familia vino del norte es un estudio de la traición, de sus mecanismos íntimos, su insidia, su carga diabólica. Explora el submundo del poder y cómo éste envenena a las almas débiles, transformando hasta las mejores intenciones en acciones fallidas y contraproducentes.
Este es el drama de la novela de Silvia Molina. No importa, en realidad, si Teodoro Leyva vivió o no; si fue serranista; si mereció ser cazado como un animal; si terminó reivindicado. No importa si su nieta realmente desenterró la “verdad” del abuelo, porque la única “verdad” que aquí nos conmueve es la debilidad humana que se disfraza de poder: el hombre, mientras más poderoso se cree, más débil y más peligroso resulta.
El caso de Manuel, el periodista, no difiere esencialmente de lo que sucedió con los que traicionaron a Leyva: la sed del poder, de ser famoso, importante, eclipsó a la bondad de lo que en un principio se buscaba: darle fuerza y solidez a la nación, revelar los detalles políticos y humanos de uno de sus actores menos conocidos. En La familia vino del norte, la prosa llana y justa de Silvia Molina nos va descubriendo que la superficie de los hechos y las personas es un engaño si la entendemos como una metáfora de su verdad esencial.
Silvia Molina, La familia vino del norte, Ed. Océano. México, 1987. 160 pp. |