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Aranda Luna, Javier, “Siempre vemos la Revolución como mito: Silvia Molina”, La Jornada, vol. III, núm. 954, 14 mayo de 1987, p. 25.
Cuando escribe Silvia Molina siempre se “inventa identidades”; es ella y otra: Por eso lo hace en primera persona, “ese artificio me permite meterme mejor en los personajes, expresarme como ellos, ser y hacer lo que no pude”.
En su última novela, La familia vino del norte, dice, “no me propuse escribir sobre mí o sobre Dorotea, el personaje principal, pero las circunstancias me llevaron a ello”. En este libro incluso “siento que les dí mayor libertad a los personajes que en los anteriores, jugué mejor al juego de la literatura”.
Hija de un secretario de Gobernación y sobrina de tres generales comenta que la anécdota de La familia vino del norte la conoció desde niña, “como viví mucho con mi abuela —mi padre murió cuando tenía un año— me contó mucho de sus hijos, los generales, a los que sin duda les inventó muchas historias pero que se me fueron metiendo poco a poco. La figura de mi padre también tuvo que ver bastante en la elaboración de la novela, por la posición que tuvo quise saber qué de mítico había en la imagen que de él me presentaban; me importaba abrir mi camino por mí misma, no en función de lo que fue mi padre”.
Así como Silvia Molina no es Dorotea, “sólo viví mucho de lo que quería con ella”, asegura que Teodoro Leyva y Manuel, los otros dos personajes principales del texto, tampoco tienen referente directo con gente de la vida real. Tanto el general como el periodista, asegura, son una síntesis de los generales y los periodistas que conoció, “te aclaro esto porque en La mañana debe seguir gris los personajes salen con sus nombres”.
La ganadora del premio Xavier Villaurrutia en 1977 nos cuenta dos historias en su novela: la de una “pasión” que protagonizan Dorotea y el periodista, y la de Teodoro Leyva, gente de Benjamín Hill que participó en el movimiento serranista. Se trata de una “ficción testimonial”, apunta Guillermo Samperio en una de las solapas “porque la autora se apoya en algunos elementos verídicos históricamente para crear una realidad literaria verosímil”.
Precisamente por lo apuntado por Samperio, Molina dice tardé cinco años en elaborar la novela, dos de los cuales “me la pasé leyendo, investigando para entender mejor dónde pararía a los personajes, tuve que entender con detalle en qué consistía el movimiento serranista.
“A medida que me fui adentrando, me di cuenta que siempre hemos visto a la Revolución Mexicana como un mito, y comprendí porqué desde niños escuchamos que ‘está viva’”.
Más allá de las fechas y los nombres que maneja la historia oficial, busco novelar parte de la otra historia, “una más humana, que particularmente a mí me sirvió para entenderme mejor”.
“La familia vino del norte, me ha mostrado que he cambiado mucho de personalidad; antes tenía miedo de que pudiera parecer autobiográfica. Ahora ya no, a quienes que les parezca que así es, allá ellos. Uno no puede escribir, por lo demás, más que lo que conoce; yo no puedo inventar, sólo modifico las cosas”.
Silvia Molina, pese a la temática de su libro en donde, comenta su compañero Claudio, también da al traste “con el tabú de la familia”, no pretende ofrecer al lector un mensaje o una enseñanza de “contenido social”, pero tampoco lo hizo por el puro gusto de escribir, “escribo porque tengo cosas que decir, quien me lea encontrará algo, soy incapaz de redactar sólo para quitarle a alguien”.
Elena Poniatowska, Ignacio Trejo y su autora presentarán este jueves La familia vino del norte (Editorial Océano) en el Foro Cultural Coyoacanense, a las 19:30.
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