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Mercado, Tununa, “Del México actual y de un choque cultural no resuelto”
s/f, s/f/
El siglo XIX en la península de Yucatán no ahorró sangre ni lágrimas, tanto a los habitantes autóctonos que defendían su cultura y se defendían, para sobrevivir, de los blancos, como a los blancos que pretendían, quizás, hacer un México moderno, vinculado al poder central. Con ese telón de fondo, fresco de un pasado no muy remoto, Silvia Molina construye el escenario de una historia entre real y fantástica. Ascensión Tun (Martín Casillas Editores, INBA, México, 1981) transcurre en un recinto cerrado, una Casa de Beneficencia rescatada como núcleo de una serie de proposiciones narrativas que, una a una y en su conjunto, habrán de echar luz sobre un momento de la historia del sureste mexicano, pero también sobre un conflicto de culturas nunca resuelto.
En esa casa alejada del mundo y cercana sólo a los recuerdos, el espacio narrativo por excelencia, el gesto de contar, consiste en un desmadejamiento de pronto, un narrador, incitado por un interlocutor, desencadena los mecanismos de su memoria y ofrece, con un orden expositivo, la materia misma del relato. El “cuento” pasa de boca en boca, penetra de oído en oído, salta al relator principal que obra a manera de gran cronista ordenador, se inserta al testimonio escrito, y la novela deja sentir en un haz sus significaciones, su intento de hacer historia, antropología o poesía de una forma propia, no por ello menos apropiada que el discurso convencional de la Historia con mayúsculas. El hilo del relato poco a poco se va engrosando, Don Mateo, tal vez el proveedor más copioso del material que recoge el primer cronista —el que inicia la novela, la redondea y ha llegado al pueblo con ánimo reconstructivo — dirige la Casa de Beneficencia para desposeídos de distinta laya, como si el cargo fuera el mejor recurso para escribir sus memorias sobre la guerra entre indígenas y blancos en el marco de las contradicciones de poder local y central. Él habla el discurso del poder blanco. Como contraparte está Juan flautista, el viejo patriarca indio, quien al borde de la muerte emite sus profecías y rescata, no sólo una versión de las guerras, sino una interpretación del mundo. El eje de la casa es el niño Ascensión Tun, cuyo nombre quiere decir piedra, y en el que podría depositarse la suma da los sentidos del relato, por ser “piedra” en la que se graba la historia, por ser sobreviviente y testigo, por ser un núcleo de inocencia capaz de ser modelado por las historias que escucha del viejo indio, por ser puro y, en consecuencia, elemento rescatable para una suerte de posteridad que no se vislumbra pero cuyo mensaje ha sabido oír de los labios del Tata Juan Bautista Puc y tiene un nombre libertad, por ser, finalmente niño y poder entender acaso mejor que los adultos y las instituciones el lenguaje de la locura (¿lenguaje de la poesía?) en boca de otro personaje. Consuelo, la desconsolada del amor. Tragedia que se cierra en una tragedia, periplo de un breve tiempo en el que el niño intenta vivir, entender y amar, Ascensión Tun está contada en un lenguaje liso, ceñido, sin altisonancias, un tono que parece reducir las tensiones para dejar en relieve los momentos más dramáticos, allí donde se necesita el tono mayor. Juan Bautista parece hablar el verbo de los dioses, y por designio de sus antepasados, reproduce las verdades de los textos “sagrados”. En la novela, a cada tramo, entre sus cuentos y los de otros personajes, aparecen en todo su esplendor e integrándose a la escritura para darle espesor y belleza, proféticos fragmentos del Chilam Balam o de antiguas escrituras mayas, sin excluir algunos versos populares más modernos: una poesía plena, eterna, que funda el discurso de un pueblo cuya palabra es fuente de sabiduría.
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