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Alejándrez, Fernanda, “Ascensión Tun, novela de Silvia Molina”, El Heraldo de México, 20 de septiembre de 1982, pp. 2
Ascensión Tun es la primera novela que Silvia Molina publica después de su controvertido libro La mañana debe seguir gris (Ed. Joaquín Mortiz, 1977). Otro título suyo, Leyendo en la tortuga (Martín Casillas Editores, 1981) constituye esencialmente una interesante recopilación de textos sobre ese animal, no es un libro de inventiva. Ascensión Tun, en cambio, es una novela bien estructurada y mejor escrita. Parecería exagerado afirmar que es abismal la diferencia entre ella y La mañana debe seguir gris; sin embargo, así es.
“La mañana....” tiene el mérito de ser obra de la espontaneidad; el tono empleado por la autora en ese libro posee cierta frescura y en canto, a los que, sin duda, se atuvo al jurado que le otorgó el Premio Villaurrutia en el mismo año de su publicación. Pero son obvios los titubeos, las construcciones sintácticas elementales, los tropiezos de lenguaje en el discurso de “La mañana debe seguir gris”. En resumen, es el caso de un libro inmadura, de ninguna manera trascendental dentro del curriculum de Silvia Molina.
Ascensión Tun es otra cosa. Escrito, en el Centro Mexicano de Escritores durante la promoción de becas 1979-1980, es un ejemplo digno de lo que son capaces de hacer las jóvenes autoras mexicanas. Es patente en nuestras letras una carencia de nuevas narradoras que puedan enriquecer con sus trabajos la literatura mexicana. Aunque Silvia Molina parezca no estar muy de acuerdo con las ideas feministas, y al escribir Ascensión Tun no se haya propuesto otras finalidades que las implícitas en la novela, su libro da un giro favorable al desalentador panorama de la narrativa mexicana hecha por mujeres.
Ascensión Tun es un niño de origen maya que pierde a sus padres en una tormenta y va a dar a una Casa de Beneficencia pensada para adultos. En el encierro Ascensión va declinando como el carey varado que aparece al principio de la historia: “En mi sueño me acercaba muy triste a verlo, estaba patas arriba luchando por levantarse. Me acercaba mucho, señor Capellán. La pobre tortuga tenía mi cara. Yo era el carey que se estaba muriendo”.
Habría que ver a Ascensión Tun no sólo como un niño en desgracia, tan patéticamente despojado de afecto, sino como el símbolo de una raza, de una cultura sentenciada a desaparecer. La Casa de Beneficencia es el escenario donde confluyen las dos corrientes opuestas e involucradas en una lucha que admite sólo un vencedor. Allí se encuentra Ascensión con Juan Bautista Puc, un “H-men (Brujo, curandero, herborista)” que participó en la Guerra de Castas ocurrida en Yucatán dentro de los límites oficiales de 1847 y 1855, este anciano, con quien Ascensión convive por un lapso muy breve, le da la versión india de aquella guerra, le transmite el amor por su pueblo, y el sentido mágico de la vida inherentes al Chilam Balam. El lector tiene acceso, también, al relato de los hombres blancos; don Mateo es director de la Casa de Beneficencia gracias a “sus méritos políticos”; ha sido defensor de “la ciudad de Valladolid durante la Guerra de Castas”. Desentendido de cuanto acontece a la institución que tiene a su cargo, don Mateo escribe sus memorias.
Víctima de aquella guerra es Consuelo, quien pierde la razón temporalmente a los ocho años. Encerrada en una covacha, mientras los indios toman Tekax “a machete limpio”, la niña se entera de todo: “gritos, disparos, mutilaciones, mujeres violadas, maldiciones...” Más tarde, como dama de la emperatriz Carlota, Consuelo cae en manos de un seductor, el capitán A. Hedeman, quien la abandona después de haberle prometido matrimonio. Entonces, la mujer se instala definitivamente en la locura. Para ella no pasa el tiempo; vive de modo interminable en el periodo de sus amores con Hedeman. Los de la Casa la llaman indistintamente “Loca” y “emperatriz”. Sus crisis enojan y escandalizan tanto a los internos como al personal de la institución; pero el director no envía a Consuelo al asilo para dementes donde le correspondería vivir. Parece como si los habitantes de la Casa no tuvieran más remedio que someterse a la acción del destino que les ha sido impuesto.
Es curioso que el niño y la loca (los dos que no deberían estar ahí) encuentren algún punto de identificación mediante el cual cultivan una amistad que inquieta a la administradora de la Casa y, sin embargo, nadie procura evitar. Otra vez: como si advirtieran la fatalidad y supieran, de antemano, que sería inútil oponérsele. A la postre, esa relación tendrá un cruel desenlace.
Asistí al desarrollo de Ascensión Tun en el Centro Mexicano de Escritores. En una ocasión le dije a Silvia Molina que el personaje de Consuelo se me antojaba mucho más sugestivo que el de Ascensión. De hecho, el romanticismo que se desprende de la corte de Maximiliano y Carlota, tiene un encanto al que no puede sustraerse el lector, y Consuelo está rodeada de esa atmósfera; esto, sumado a la anécdota de la locura de Consuelo, la convierte en el personaje más vigoroso de la novela. A su lado empalidece el niño Tun.
Hoy al releer el libro, ya impreso, hallo una especie de prólogo (“El mito”) en el que Silvia Molina ofrece una síntesis de lo que representa la novela. En un juego estructural muy acertado, se incluye a sí misma como personaje transitorio que recaba material para su novela; hace que se entrecrucen la realidad del momento actual y la fantasía que empezará a desenvolverse en el primer capítulo. Dice la autora: “Me parece mucho más interesante la historia de Consuelo, debe haber sido muy impresionante oírla hablar todo el tiempo de la guerra de los indios y de su enamorado, aquel capitán austriaco...”
No obstante, es el niño Tun a quien la superchería popular eleva al rango de mito, especie de ser carismático, el “inocentito” quizá poseedor de la magia ancestral que pudo haberle infundido Juan Bautista Puc, y es él quien da título a una novela de, ya digo, buena factura y lenguaje cuidadoso pero fácil. Libro estimulante en más de un sentido.
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